Pensar causa fiebre -- Adán Echeverría
Todas las noches Alejandra salía de su cuarto para meterse a bañar y pasaba cargando su ropa interior, con la toalla al hombro, frente a mi novia y yo que estábamos sentados en la sala.
Cerraba la puerta del baño y tras unos minutos de espera la casa se llenaba del rumor de agua corriendo. Entonces yo perdía la cordura. Veía a mi novia sin escucharla. Mi mente se había colgado de la toalla, o de las pantorrillas de mi cuñada, y se había introducido al baño con ella.
Mi novia intentaba besarme aprovechando que nadie había cerca de nosotros, y una enorme erección se dibujaba al pensar en cada gota que se deshacía sobre el cuerpo desnudo de Alejandra.
- Estas hirviendo.
- Hace mucho calor.
- Por dios, ¿te sientes mal?, estas rojo, parece que tienes fiebre, ¿quieres que te traiga algo?
- Agua, solo agua, por favor.
Pero ningún líquido hubiera sido suficiente para la sed que me mordía. La tortura duraba apenas veinte minutos. Al abrirse de nuevo la puerta del baño, yo sacaba con rapidez mis dedos de la vagina de mi novia, ella se acomodaba la falda, y Alejandra salía vestida siempre con una ropa ligera, y la toalla alrededor de la cabeza.
Algunas gotas aun se apreciaban detenidas en su cuerpo, perlándole el cuello y el escote. Yo quería con la mirada acariciar su fresca vagina limpia y olorosa a mango.
Así pasaron los años.
Mi novia se volvió mi esposa y Alejandra se embarazó de un tipo que nadie conoció jamás; pero ni el hecho de volverse madre, han logrado quitarme de la mente la imagen diaria de ella cruzando frente a mi para meterse a bañar. Quién quita si algún día... ahh, quién quita.
