El beso de Juan Gabriel - Adán Echeverría
Cuando Jorge dejó la casa de su novia esa noche, estaba seguro que las palabras de su padre: alguna vez serás un hombre que fundará una familia y perpetuará nuestro apellido, era una consigna a punto de cumplirse.
Su novia se había quedado satisfecha después que él removió sus prendas íntimas arrancando las furias contenidas en su vientre. Ella duerme ahora mientras Jorge viaja junto con sus amigos al burdel de moda de la ciudad. Esa noche iban invitados por el jefe de la oficina.
- Imposible negarse, amor, los negocios se hablan en la cantina. O en el putero, eso quiere el jefe y él invita. Tengo que ir.
Las mujeres desfilaron sus formas relucientes por toda la pista y luego dieron paso a los hombres.
Jorge no tenía inconveniente por continuar mirando la escena, su hombría estaba a salvo en el olor a hembra, aún permanente en la yema de sus dedos, y los olisqueaba intentando ignorar los dorsos desnudos, las nalgas poderosas, las piernas endurecidas de los excelentes ejemplares masculinos que se divertían en la escena.
- Bueno señores, lo prometido, escojan lo que quieran dijo el jefe.
Cada uno de los acompañantes de Jorge ya tenía sentado en sus piernas a cualquiera de las bailarinas. Jorge se debatía mentalmente en si esto no sería registrado en su inconciente como una infidelidad de su parte.
- ¿Vamos Jorgito, tú no escogerás?, -el jefe, igual se encontraba sin pareja. Extendiendo la mano, la poso en el hombro de Jorge, y se acercó para soltarle en el oído. - Traje a estos con el pretexto de traerte a ti. Quisiera que pudiéramos platicar a gusto, si lo deseas, claro.
Jorge no supo qué pensar. El jefe era un tipo muy seguro de sí mismo. -No me malinterpretes, yo te respeto, pero necesito ser honesto, me gustas, soltó a bocajarro.
Jorge palideció. Había bebido poco por lo que sus pensamientos eran lúcidos y no podía estar seguro de que los de su jefe fueran igualmente transparentes, lo que hace el alcohol pensó. -Ven conmigo, levántate ya, nos meteremos juntos a ese privado con esta negra. Jorge obedeció. Luego de dos horas, late en su recuerdo las palabras de su jefe ya desnudo, de pie enfrente de él, con la negra acostada en el sofá, haciéndole una felación, mientras aquel le decía, besándole la oreja. -Qué sabes del amor si no has besado a Juan Gabriel. Y el sabor de los labios de su jefe, su mano detenida en su miembro erecto, siguen hoy siendo al fin, una gran liberación.
