Con mejores ojos -- Adán Echeverría
Es que las piernas de La China, sus ojos, esa su boca que te remonta a la selva, como si fuera una laguna, y todos los animales quisiéramos bajar a abrevar en ella. Toda ella es una impostura de la vida, no es posible, no logro concebir tanta delicadeza en el andar, esa forma de poner cada pie en frente del otro, las caderas subiendo y bajando, el ademán de sus manos al hablar, su sonrisa de dientes intactos, perfectos, esos hoyuelos que se marcan cuando usa la coquetería como un arma.
Todo el barrio se quedaba perplejo al ver a la vendedora de empanadas a quien apodaban La China, porque su bizquera la hacía entrecerrar los ojos al hablar, por lo que era difícil tenerla enfrente y no cargarse de la risa.
Cuando Fabián habló tantas sandeces sobre ella, supieron que el amor dejaba a los individuos sin la capacidad de mirar la realidad, como si hubieran sido tocados por algún mago o una bruja que les arrebatara de este mundo, sumidos en el deseo.
Fue por eso que la noche que Fabián la llevó, por fin, al altar, ellos contuvieron la furia en los puños. No podían entender que su amigo, el hombre que más triunfos había logrado para el equipo de futbol del poblado, fuera capaz de sentir tal arrebato por semejante esperpento.
La China tenía una pierna más corta, por lo que su caminar era como de un barco asediado por el oleaje, sus tics nerviosos la hacían manotear al entablar una conversación, y uno tenía que ir esquivando los braceos y manazos que acostumbraba dar. Fabián era un iluso el imaginar como lindos hoyuelos esas marcas que la varicela había dejado en sus mejillas.
Y cuando por fin, regresaron de la luna de miel, Fabián se miraba extraviado, estaba todo el tiempo hablando de su mujer, y no tenía tiempo para los entrenamientos, tanto, que jamás quiso volver a saber del futbol, por mas ruegos que le hiciera incluso, el alcalde, quien acabó ofreciéndole un incentivo generoso para que solo se dedicara a lo que mejor sabía hacer, dejar el nombre del poblado en lo alto.
En cambio Fabián, era feliz manipulando la masa, friendo las empanadas, mientras La China, holgaba sus carnes, junto a la freidora, acariciando cada determinado tiempo, la cabeza de un Fabián domesticado, y totalmente dispuesto a cumplir cualquiera de sus caprichos.
