Las trampas de Ni fu Ni fa ... Adán Echeverría
Cuando todo terminó con Rebeca, mi corazón se debilitó tanto que mis latidos se hicieron cada vez menos imperceptibles. Caí entonces en un sueño tan profundo que fue la única forma en que mi cuerpo logró mantener la vida. Los doctores del hospital donde fui internado, se encontraban asombrados con ese mi período de latencia. Yo en cambio soñaba. Caminaba en sueños por las mismas calles donde había conocido o creído conocer aquello que suelen llamar amor y que para mi no era mas que la emoción de un enamoramiento. Caminaba por cada uno de los rincones como un poseso; arañaba paredes, levantaba cajas vacías de cartón, y noté que podía atravesar paredes e incluso volar. Era maravilloso, quien quiere despertar a un mundo donde tendrá que enfrentarse a la vida, tan perra y sin remordimientos, si ahora había logrado la capacidad del vuelo.
Y volando llegué a la biblioteca. Podía meterme entre las páginas de los libros e interactuar con sus personajes; aparecí justo antes de que Ana Karenina se lanzara a las vías del tren. Sentí una tristeza inmensa cuando Harry Haller destroza la casa de su amigo, por aquella estúpida foto de Goethe, y me dio asco estar de pie frente a Grenouille y la falta de olor de su cuerpo.
Cuando pasé a la sección de poesía mi esencia sucumbió ante la impostura del lenguaje. Los versos de Vallejo me sitiaban por todas partes, Neruda se me metía en el vientre, Enrique Molina estaba taladrándome el cerebro, como un maldito pájaro carpintero que no cesaba y no cesaba, y entonces caí en Paz. Desde los primeros versos de Piedra de sol, el equilibrio volvió. Fui sosegándome con prontitud, no pasa nada, callas, parpadeas, yo era el ángel que cruzaba en el silencio del recinto, era yo algunos de esos niños oxidados, el fusilado con su ramo de rosas en el pecho.
Entonces desperté agitado, mi corazón era un tambor de hojalata que hacía escándalo. Mi corazón sonoro estallaba en mi pecho y los doctores y enfermeras corrían para intentar callarlo. Yo tenía las venas hinchadas de todo el cuerpo, hinchadas. Sentía el terrible dolor de pecho por un corazón que se aporreaba en la carne de frente, y sobre los pulmones, un corazón cuyos latidos no parecían cesar, y fue cuando la imagen de Rebeca regresó, para que todo se hiciera negro, y yo me desmayara.
Desperté a las cinco horas, como un paciente normal, pidiendo de comer.
