consideraciones para el sábado en la noche
Uno trata de pasar las noches en compañía siempre.
Nada tan duro como no saber mirar de frente a la soledad.
Todo queda en poderse apretar las manos, arquear la espalda y llegarte bien adentro. Hasta el fondo.
Habré de morderte la nuca.
La lengua que entra y sale de tu oreja.
El hecho de bajar la mano y deslizarla entre tus calzoncitos enredosos.
Cómo me han gustado tus calzoncitos.
Y es que tus lindas nalgas, brillan en esta oscuridad.
Esta es la marca necesaria para poder volver a perderme.
Ayer al medio día te llamé. Y ya no contestaste.
Uno tiene que aprender a salirse siempre en las distancias.
Pero habremos de reconocer que la soledad es un querido monstruo tan necesario para dolerse.
Porque uno no podría sentirse vivo sin las tantas ganas de morirse.
Nada como poder reconocer que está en uno darse muerte y marcar su ruta final.
La entrada trajo alegría. Salir debe ser bestialmente hermoso.
Nada de temores de muerte y temores de la soledad.
El destino es tan sólo la octava maravilla inalcansable por esta horda que todos nos gastamos.
Ella siempre se detiene a mirarme el glande. Nada más hermoso que una mujer que te llena de saliva el miembro.
Nada tan hermoso como una mujer haciéndote el fellatio.
Eso de amar y de querer es tan sólo un pretexto para meternos en la ropa del otro.
Ponte mis zapatos y yo me pondré tu falda.
Mírame de pie sobre la cama, tus manos me toman de las nalgas, y quedo dentro de tu boca, llenandote completa de toda mi armonía.
Estamos tan sincronizados ya en esto de hacernos gritar.
Nada mejor que la vagina de una mujer chorreándote en los labios.
Nada mejor que una mujer con los ojos en blanco y la carne helada por el sudor.
Nada mejor que andarse pegajoso mucho rato.
Después de tanto sexo hay que ser honestos y decir que el amor ha sido un gran pretexto para meternos entre las sábanas.

