Inaugural ... Adán Echeverría
Tuvo que hacerse la desentendida la noche que Germán llegó a casa con Robin. Preparar la cena, lavar los trastos, sacar los botes de basura, cualquier acción la reconciliaba con esos restos del matrimonio y ella no estaba en disposición de volver a pelear. Mantenía en la mente el último disgusto que su esposo le ocasionara. Él había prometido llegar temprano a casa para que ella pudiera salir con su amiga Cristina, y esa noche se sentía hermosa para un encuentro femenino, tantas veces retardado. Contaba con una buena carga de plática, café, y que la noche hiciera efecto; las horas pasaban y Germán no aparecía. Y llega con ese perro sabiendo que apenas nos alcanza. Para Silvia no quedaban respuestas en la espuma, al lavar los trastos de cada comida, sino seguir el fingimiento para un hogar a punto de escurrir hacia el fregadero.
Germán y su orgullo, más poderoso que los estúpidos jefes que no tenía por qué soportar. A pesar de las cuentas vencidas, renunció al empleo del gobierno para crecer de manera independiente. El poco dinero de la liquidación los invirtió en un negocio que en menos de un año había dejado al matrimonio más quebrado que antes. Para entonces Silvia había conseguido trabajo en el despacho de un compañero de Cristina. Ya Germán tenía atravesada a esa “amiga” entre ceja y ceja: la muy puta siempre presumiendo.
Él se quedaba en casa prendido al ordenador, trabajando siempre, coño, crees que me hago pendejo. Silvia tuvo que ceder, era cierto que con un proyecto él podía alcanzar, en un mes, el sueldo que ella conseguía al año. Pero las oportunidades no caen del cielo: su carácter no ayuda, esa pinche manera de querer demostrar ser el gran chingón: La sociedad muñeca, la maldita sociedad no deja que yo avance. Has dicho tantas veces que use el sistema… Para ti es fácil, preciosa, la putita de Cristina, te ha resuelto la vida, sólo tienes que arreglarte bien, mover el trasero y cuidar que las tetas no se te caigan. No me empujes. Pues no me mires de esa forma que yo soy quien tiene que enfrentar la realidad. La realidad no es andar quejándote mientras yo pago las cuentas, piensa Silvia mientras va separando la basura. ¡Y ese pinche perro!, dónde carajo piensa... cómo cree que lo podremos mantener.
Los escarceos femeninos de Cristina tenían a Silvia al borde, ansiaba salir de lo cotidiano. Hacía tiempo que el orgasmo era una ilusión; los resoplidos de jabalí de su esposo y la falsedad de una sonrisa de parte de ella; sonrisa intacta y de alas abiertas: para no resaltar la humillación, cinco minutos y enjuagarse el semen con la regadera.
Esa noche Germán no llegó hasta las dos de la mañana y la despertó para que ella pagara el taxi. Adentro de la casa, Germán miró la computadora hecha pedazos, los papeles regados por el piso, y la sonrisa de triunfo en el rostro de su esposa hizo que el “hombre” reconociéndose perdido, se percatara de lo animal de su mirada sobre los ojos asustados de una Silvia cabizbaja, que tuvo que ceder a recogerlo todo, con el labio roto, mientras el otro se iba al patio a dormir la borrachera.
Ella no quiso hablar de divorcios ni separaciones, algo por fin se había caído. Por más que Cristina le brindó su apoyo para que se fuera de casa, ella se negó; quería que el tiempo dejara las cicatrices curarse. Se mantuvo en silencio y pensativa hasta ese día en que Germán llegó con Robin. El enorme animal era como otro ser humano. Se tenía que compartir el alimento con él, dividirlo en partes iguales, recoger sus porquerías. Y para colmo, además de los resoplidos de su esposo, debía asimilar el aullido del perro gimiendo por las noches.
Para Germán pasaron los momentos trillados del arrepentimiento: pude matarte, flaquita... para qué discutes con borrachos. Estuvo mal que me provocaras. Si quieres invita a Cristina a salir, vayan al cine, dile que venga a cenar. Silvia callaba. Debía encontrar algo que en verdad la hiciera sentirse dueña de sí. Se puso más hermosa para su esposo; le iba a entregar todo hasta que él dijera basta, y luego se burlaría. No intentaba recobrar algún tipo de reminiscencia romántica, sólo el puritito deseo que le animaba la carne. Seguir hasta encontrar ese poder que toda hembra tiene retenido entre los dientes: dime que soy tu puta, quiero sentirte muy adentro.
A Germán le fascinaba esta nueva etapa de su mujer. Era mentira eso de que a las chicas la ternura las derrite; su esposa no lo quería tierno, y él se creía un semidiós cubriendo su cuota de bestia y ángel sobre la piel de Silvia. Los días pasaron y los calores que inundaban el hermoso y endurecido cuerpo de su esposa no cedían, se habían vuelto más intensos.
Cuando el esposo comenzó a pretextar cansancio, Silvia siguió adelante: no hubo compañero de oficina que no estudiara su cuerpo. Hasta Cristina era parte de sus más predilectos sabores. Germán consiguió un proyecto que lo mantendría fuera de casa. Para Silvia fue el momento de invadir el templo. Cristina y ella se metían entre las sábanas del matrimonio, y todo este remolino de aromas les fabricaba un espanto en cada pared, en cada crujir de dientes; tanto, que hicieron crecer cada vez más los aullidos de Robin que corría a saltos en el patio de la casa. El olor que transpiraban le incitaba los deseos, porque el olor a hembra se escapaba de las sábanas, cruzaba los vidrios, los ventanales, hasta enredarse en la lustrosa piel del animal.
Así, bajo el intempestivo instinto de todo predador que no quiere permanecer domesticado, menos cuando el impulso de la trasgresión le arranca la tranquilidad, Robin brincó, una tarde, sobre la hembra humana que se paseaba desnuda por el patio, haciéndola caer boca arriba, y poniendo las patas sobre el pecho de Silvia, la penetro con su pene rosado de perro deseoso. Fue la sensación junto con la fuerza del animal, y el poder de la visión de tenerlo encima, de lo repulsivo que le pareció, que Silvia alcanzó el orgasmo, esa muerte pequeña, y luego vomitó.
Los aullidos de Robin le hacían rememorar. Recordó sus gritos; ya el perro ladraba y gruñía con furia protegiendo su presa, ya Silvia se contoneaba presa de la nunca reconocida libertad de ser hembra dominante. Ella sobre las rocas de un acantilado, el oleaje brama salpicando su rostro. Tuvo que levantarse de la cama y sentarse bajo la regadera restregándose el jabón.
Así, cada que Germán terminaba sus cinco minutos de gloria, ella cuajaba dentro del abdomen la risa contenida. Se metía al baño seguida del perro. Se amarraba un pañuelo en la boca para sofocar los gemidos, y se dejaba lamer y penetrar.
Y con la tradición, la cultura y transgresión que eso representa se dedicó a cuidar de la adorable mascota. Fue embebiéndose en esta conducta impropia, reconocible a través de los tiempos, desde el inicio del lenguaje; épocas remotas a que Silvia viajaba con cada espasmo, en el aliento denso, con la corta y lustrosa pelambre de la bestia, esa necesidad de sentirse protegida.
