Ese rostro en el espejo, ¿es mío?
Al fin me he quedado solo. ¿Al fin me he quedado solo? Por que hay una opresión encima y adentro hasta que el cuello no deja de desprenderse. Hubo una vez algunos compas con los que fumarse la vida era importante. Hubo alguna vez una mujer que despertaba todo el tiempo en casa. Hubo alguna vez cuando nos dijimos "seremos equipo". El barco se hunde y nadie quiere tomar el timón pa sacarlo del remolino. Y es que cuando no se puede hablar con la pareja, no hay aparejos que nos salven.
Uno cree que puede soportarlo todo. Y lo soporta. Pero nada cuesta mandarlo todo al diablo. A la mujer, al crío, a la familia, a los amigos. Uno no puede reconocerse en la falsedad de querer ser el culpable de cada una de las cosas, pero ¿lo es? Lo soy o lo seré y no hay mandamiento que me lo pueda desprender de encima.
Si las cosas son como tienen que ser solo falta agarrarse de los cuernos y sentirse superior a las derrotas. No hay más aves en mis brazos. No quedan mas colmenas en los ojos. Las voluntades siempre nos sonríen y no queda más que permanecer inmune a todos los caprichos. Si la soledad es el futuro, ahí estaremos. Pero yo les pregunto entonces: ¿por qué no me dejan ir? Porque no me dejan escaparme sobre mis propias vértebras y desangrarme colgado de los árboles. Por qué ese falso empeño en decir: te entregaré el corazón, quiero que seas mi tumba, mi mano, mi
padre, mi amigo, mi compañero editor.
No hace falta más vida que la vida que se nos va escapando de los brazos. Ahí falta una bomba más, en un carro o sobre la selva. Habrá que morirnos de soberbia, y rescatar la sombra dentro de los parques.
La revista sigue, los proyectos siguen, los comentarios en la prensa, ahí quedan. Hoy puede uno celebrar que su trabajo pasará de mano en mano ahí en el Palacio de Bellas Artes, cuando los compas tengan a bien presentar el número 50 de la muy vilipendiada y siempre bien amada Navegaciones Zur, o navejaciones como dice el Ibarra.
El caso es que nos sentaremos a ver nuevos eclipses hasta que se nos derritan las pupilas. O nos dedicaremos a darle de nalgadas a las nuevas reinitas que se cruzen por nuestro camino. Tendremos que olvidarnos de que tuvimos hijos, tendremos que olvidarnos de que fuimos esposos (as), prometidos, novios desde hace más de 15 años.
Tendremos que sobrevivir a los mismos maremotos en que nos hemos sentenciados. Ahí quedarán los libros en el estante, o en el suelo, si tus humores logran convencerte. Ahí quedarán los cigarrillos, los chorros de semen. En este silencio en que he decidido sentarme a rumiar sobre el frío. En este silencio en que he decidido sentirme solo un pergamino usado, mal escrito, mal redactado. No habrá nuevas carcajadas, y solo la espera, la espera de que uno se victime solitariamente (en solitario y con las trenzas sueltas: ¿ha dónde ha ido mi cabello?).
En dónde nos hemos visto tantas veces las heridas, o las cicatrices o la sombra deslavada, o los viejos humores que nos van gastando, gastando, hasta quedarnos sin saliva para una nueva forma de lamerse enteros.
En fin, la noche nos abraza y uno sabe que así, solo, se verá de cara con la muerte.
