Porque te odio tanto y no puedo remediarlo
Ahí sigues con la mirada en el espejo, despacito. Despacito te desgastas cada ojera, cada vestido negro, cada maquillaje que sabes bien que no te queda. Ahí sigues, en el papel de siempre de sentirte ensimismado, como si estuvieras en un telefilme español y nadie entiende tus palabras. Estás cansado o lo simulas, pero nunca puedes ladrar desde otra luna. Estás pensando quizá que no tuviste la culpa para estos desenfrenos. ¿Qué nos ha quedado luego de los maremotos? Sólo las cicatrices, terribles huellas de amor sobre las piernas. Y un pordiosero espasmo que no quiere aventurarse en nuevas caricias. Nuevas catedrales que construyes fuera de mi templo. Nuevas alas te han crecido ¡míralas! Si no pudiste con ese refrigerio que fue mi nombre dentro de tus tardes. Sólo fui un escritorio para guardar tus pobres historias. Pobrecito Adán Echeverría, tan anquilosado en tiempos pretéritos, todo cambia, nada cambia, todo es nada y no lo comprendes. Todos los nombres creciendo entre tus piernas, como te crece la grandeza de sentirte superior a tus propias quimeras insanas. Ahí de nuevo el picotazo, eres tan huraño Adán. Estás ahí sin remedio sobre las grietas, no puedes abandonar el simulacro de las voces. Porque siempre lo has querido, buscar su amor sobre su calavera, trazar tus alas sobre sus propios círculos, y siempre el abandono de los trenes de su mente que todo lo distingue y no te diste cuenta. Sigues ahí, en el espejo brincando la cuerda, brincando siempre la cuerda para que no te acusen de cordura. Quién se morirá si eres más pequeño, es tu honra la que te lastima, nada de miramientos, sobre los cadáveres que vas dejando en esta ruta. Un nuevo camino, un nuevo devenir de la amargura, como has gozado con cada pedazo de remolino vivo que te circunca la espalda, ahí, las heridas sangrantes porque sangrante es igual la piedra, y no puedes volverte equinoccial si no te regocijas. Ahí habitas en esa oscuridad, plantando margaritas en cada pared, plantando condones en cada lámpara, y no puedes disfrutarte más que con cada pedazo en que andas dividido. Oh mi pobrecito Adán Echeverría, no has podido adanizarte similar a tus pesadillas, no has podido simular tu encordiado paramecium, sobre tus muslos van siempre las mordidas. Y no has de morirte, eres cobarde dentro de tus huesos, eres cobarde conejo impretérito que no más que sabandija ardiente; tenía razón, siempre tuvo razón esa vocecita, ese oído opaco y esa magia de las piernas en que te refugiaste. Ya no más cafés, no más pinturas donde desdoblarte. A tus 32 años no soportas las caricias ni la palabra de siempre que se anuncia cada madrugada sobre tu pecho, tu precioso pecho de basalto que te aleja de la gusanera, tu precioso pecho amarillo de asma y nuevas escamas, qué reptil te sientes, qué reptil padeces dentro de esa espina. Ahí vas, de nuevo a la cabalgadura, y extrañarlo y extrañarlo como se extrañan los nuevos besos, las nuevas mordidas, el nuevo beberse las orinas y todas las poses que siempre te disputas. ¿A qué la crítica Adán? ¿A qué tu siempre misma forma de quererlo? Esa maldita nostalgia que te aprieta las costillas, que se sirve en la bandeja acompañando su cabeza. Eso fuiste, solo ala en movimiento, ala sin retorno para nuevas jaurías en que te deshaces, te deshaces de mi, de mi espantable servicio de ser tu mismo, de ser tu mismo en esta noche blanca, cuando el espejo ya sin forma no te dista más quereres que tu propia sorna en que te refugias, te refugiasye duende, te refugiaste dueño siempre de nadas y sobrenombres que se impulsaron siempre por alejarse de tu brillo. Así eres Adán, enfermedad contagiosa, virus, pandemia.


Hipatia de Alejandría dijo
Será que la odias demasiado como para no quererla.
2 Noviembre 2007 | 03:26 AM