Vacaciones en la puerta de la casa
Qué ironía, pero qué ironía. Me había presupuestado un viaje a Cuba, para ver el último bastión y al último héroe disolverse.
Qué ironía pero al final ya ni las rancheras me son tan conocidas, en el armario ya no quedan sogas para colgarme a que me besen los cuervos.
Hoy me levanté hacia la ciudad, como otros días. Y ella en el teléfono con una nueva invención para arruinarnos las disculpas (las disputas han sido tan carniceras). Ahí estaba yo, paladeando la libertad de su destino, y de nuevo a complicarse con nuevas reprimendas: Es que vi mi nombre... ¿en la punta del agua hecha lodo?, ¿con el iceberg que nos mira en cada abismo? ¿con la silente sangre frenando los impulsos? ¿o es que eres ala rota colgada de los últimos maderos de mi barco?
Ella venía caminando con la oreja sobre el cráneo. Ella era un teléfono completo en que se desarmaba su cordura: Oh mi negra, cuánto tiempo ha pasado para que sigas desgastando tus mensajes en mi pupila. Oh mi santa, cuántas cosas han pasado sobre mi frente en que te muestras tan pequeña. Oh mi pantalón caído, ya tus venas son silencio sobre la costra de algún tiempo cuando nos pertenecimos, siglos de tierra hay en el camisón azul que te habías bordado: Dame, dame el hijo de ambos, y vayamos al bosque a ofrecérselo a los lobos.
No. No más amenazas sino la soledad de los balcones en que fluyes prisionera de nuevos orgasmos. ¿Acaso crees que la voluntad se puede apresar de los tobillos?
Cada quien a ser lo que sabe ser: jauría, remolino, miasma, imposibilidad de refugiarse en otras caras. Catarina, catarina, catarina: no me dejes solo con tanta buena parte de tus creaturitas. Hay que sonreír sin cordura, ni remangarse en el silencio de tu cornisa.
Uno a uno fui partiendo los melones, y me los comí toditos. Uno a uno fui partiendo con la historia y levanté mis barcos. Eso fue la diversión de estos días. Partirme y partirme la cordura. Reconocer el rostro debajo de las máscaras, costurar de nuevo los pasamontañas hasta ser de nuevo el prisionero de esta dimensión a la que pertenezco.
Hubo luz, claro que la hubo, y una bicicleta que continuamente iba subiendo las colinas de mi amor pequeño. Pequeño es el amor inmenso que siento por él. Pequeño y reflejado en cada beso a la frente, en cada mecernos sobre los cuernos del adiós a otros amores. Hay un amor imposible de romperse, y en eso he reflexionado: Tenías razón al escribir lo que yo te dije y que se que tienes razón por reconocerlo que te dicen los demás: Adán Echeverría, no sabes amar, y sólo quieres que la gente te ame.
Pero me he cansado de esperar que vengas. Me he cansado de esperar que vayas, que fueras, que has ido, que fuiste, que llegaste, o que nunca te quitaste, ni enquistaste de nuevo en este aletazo que te presientes. Hay Adán Echeverría, qué pequeño eres, ratón mío.
