Irreverencia y desenfado librándonos de culpas
¿Qué se encuentra al leer Territorio de leones? Un urdido y atinado panorama de visiones frescas y malévolas que intentan sobrevivir al caos citadino y burlarse de los infortunios. Momentos poéticos, narraciones, minificciones, diálogos ágiles intercalados con crítica social que Luis Valdez (nacido en 1976) nos entrega.
Recorremos esta visión desde los ojos de Joaquín Vicente, el personaje principal, con una mirada sincera: “Cerveza. No me importa su historia en la humanidad sino tener las suficientes para seguirla bebiendo”.
Luis Valdez, habitante de Monterrey (o Ciudad Mascota, como suele referirla) anota en este libro la palabra hiriente, canija, y despiadada para trazar los rasgos que acompañan sus vivencias, su ser nómada y descubridor de nuevas tierras, que le permiten referir su ciudad en comparación a lo vivido: la universidad, las mujeres universitarias, los artistas y los que se creen artistas, los que tocan Nueva Trova, los taxistas, las porras del futbol, los travestis, los que quieren ser artistas visuales, los que quieren hacer cortometrajes, y hace burla de todos: “Pasé por la universidad pero solo para probarme, para saber mis posibilidades de acostarme con una muchacha estudiosa”, dice en una parte del libro; para añadir en otra escena: “No tolero los grupos literarios. No quiero saber nada de eso. Sólo escribo. La crónica, sólo la crónica. Lo que me va pasando de un día a otro”, y se nos revelan las intensiones de Joaquín Vicente en sus correrías por
Aunque en ocasiones el autor peca de cursilerías, de descripciones innecesarias mantiene el vértigo de su lectura partiendo de la visión en primera persona, narrando desde un presente, y sirviéndose del apoyo de mirar los pasados y reflexionar, tan sólo como un pretexto para esconder su falta de conciencia, su falta de interés por cualquier cosa, y entonces caemos en cuenta, que las mismas cursilerías ya no atañen a Valdez, sino al mismo personaje lleno de antivalores, y le damos crédito. ¿Es Joaquín Vicente lo bastante interesante para lograr mantener el interés del lector? Lo es, en cada espacio de la hoja en blanco uno mira esas dos líneas narrativas, sobre el patético actuar de Joaquín, y al mismo tiempo reflexiona en sus amigos, en las imágenes que le enfrenta el espejo. Ese escuálido Sí mismo, que nos habla en el oído, un: esto eres cabrón, mírate, mírate las arrugas de la página.
Lo atinado en el texto de Valdez es el hecho de que Joaquín Vicente sea un completo paria y nos permita identificar nuestros propios rostros. Decía un cuate: Fui a visitar a una amiga a un edificio de oficinas y en la recepción me preguntaron, para llenar el formulario de visitas, ¿a qué se dedica? Soy Escritor… y la tipa anotó: desempleado…
Sí señores, un vago más que recorre las ciudades.
Un vago en la contemplación: no es tema nuevo (¿y dónde hay temas nuevos en literatura?), cuántos vagos inteligentes contiene la historia literaria: el lazarillo, el buen Pito Pérez, pasando por los personajes de Bukowsky, hasta el retrato que hace Henry Miller al narrarnos sus novelas vivenciales y poéticas. Pero ¿qué diferencia a Luis Valdez, por qué nos contiene y nos arranca la carcajada a cada espacio? Por esa su sórdida y maldita burla: “Silvio Rodríguez ya chafeó, mamá. Ahora hay que escuchar a Nicho Hinojosa”, “Nunca podría disfrutar el sexo con una mujer que estuviese en coma”, “Me gustan las escenas graciosas. Los milagros me importan un carajo.”, textos que se sueltan como granizo y que quedan repartidos a lo largo de los tres cuentos que contiene el libro; tres cuentos falsos y un documental, como el autor le llama, muy televisivo, que hacen de Territorio de leones una noveleta en cuatro capítulos; el juego de las estructuras está propuesto: Mis Mujeres; Apuntes de un guionista porno; Taxi, y como epílogo el apartado: Apuntes de un guionista porno: El documental, haciendo burla de las cadenas de espectáculos muy del estilo de E! entertaiment. Toda la obra es mirada desde la óptica de Joaquín Vicente, y los demás personajes desfilan a través de la ciudad que se describe, van en círculos, como volutas de humo de un incendio, y se incendia la hoja, justo en el momento de coincidir sus personajes universo con el poeta-narrador-vagabundo en alguna zona de la ciudad.
Luis Valdez acusa a los movimientos culturales que viven de la pose, a esas mafias elitistas que se suben a la cima de sus propios egos, los acusa burlándose con su personaje (que nos hace creer se trata de un álter ego, o uno de esos heterónimos muy a lo Pessoa), quien dice: “Así que somos unos cazadores de eventos culturales. … Los bares están llenos de gente talentosa. Jóvenes que dicen “soy poeta, soy borracho y quiero beca”.
Un Joaquín Vicente que señala que no le gusta el futbol pero ama las luchas. Y un Luis Valdez que hace mención de las porras de Rayados del Monterrey, y menciona al Monarcas Morelia, esa transculturación, que al mismo tiempo sirve para darle mayor sustento a un personaje callejero, rematando con las estrofas de un buen rap en honor a San Martín de Porres, o de un travesti adinerado que pretende financiar un cortometraje porno.
Luis Valdez es un observador social que recuerda las calles de su infancia llenas de: “ebrias, fumando marihuana (que) dejaban el olor por todo el centro de Ciudad Mascota como si fuera el aroma atrayente de una hembra en celo.” Y nos aclara: “Consideren a Joaquín Vicente un hombre que no se preocupa por las necesidades de los demás”.

Luis Valdez (2006) Territorio de Leones. Consejo para
