Emilio ... Adán Echeverría
Emilio es el aire, el viento, el agua y la luz del sol. Emilio cerca de nosotros, en nuestros zapatos y ropa, en el olor de la comida. Emilio al correr por el parque, al esquivar los carros que cruzan con prisa la esclavitud del trabajo diario y las oficinas, automóviles que como bólidos o como pelotas de beis avanzan acertadamente hasta el “home”, atraviesan el calor, y las gotas de la desesperación. Y es esa misma desesperación la que divide el mundo de los humanos entre los que pueden ver y encontrar y los que se quedan en ascuas, mirando los dobleces del infinito.
Emilio colgado de los árboles o jugando canicas en la calle, y los que tienen la mirada perdida como zombies que no pueden atreverse a mirar los colores que circundan los, todavía, pocos sitios verdes, propagando su oxígeno vital en esta ciudad tan desordenada y ruidosa.
Emilio es la calma y el silencio de las sonrisas, luego de la siesta de la tarde. Él siempre pendiente de cada paso que intentamos cuando aprendemos a caminar. Pero nos olvidamos de Emilio cuando dejamos atrás la infancia y entramos de cara hacia las obligaciones cotidianas, enfrentarse a la vida, el miedo a ser adultos nos aleja de Emilio, nos hace olvidarnos de él, y al mismo tiempo de nosotros.
Emilio es alegre, pero entristece como si su corazón fuera un ratón apaleado por un ramillete de gatos de barrio, (de esos que escalan las paredes y acechan desde la cornisa de las casas, listos para aventarse sobre nuestras cabezas, con sus garras de metal que brillan con la luna, y sus aullidos infantiles que causan miedo y nos hacen envolvernos con la sábana bajo la oscuridad de nuestra habitación), cuando no queremos jugar con él, cuando ya no devolvemos la pelota de sueños hacia su lado de la cancha. Esos sueños que a Emilio le encanta contar después de la lluvia. Sueños como hormigas que en hilera van saliendo de sus labios delgados y recorren el silencio, entran hasta por nuestros oídos, exigiendo al cerebro descargar la imaginación.
En cada uno de nosotros se encuentra embebido Emilio. Esta ahí en el rincón de la axila. Dentro de la garganta. Sentado sobre nuestras clavículas, como un duendecillo que nos picotea la oreja con sus dedos finos de alambre. En aquellos momentos de enfermedad cuando estamos agotados, ahí está Emilio, dentro de nosotros y rodeándonos con su veloz carrera de río desbordado.
Es paciente cuando estamos alterados al no poder cumplir nuestros caprichos. Callejero como es, no le importan mucho los problemas. Y es que no podríamos comparar nuestros problemas con los que tiene que enfrentar Emilio, o ha tenido que enfrentar en esta vida de recluso del tiempo. Atrapado en la ciudad, atrapado en el aire espeso, dentro de las gotas, en los árboles, en los granos de polvo que viaja por todos lados inundándolo todo con su espíritu de aventura.
Emilio nació un día cualquiera con aguacero y todo. Sí, nació durante una tormenta, esas que les llaman huracanes y que todo lo mueven de lugar. Nació en esta ciudad, pero nadie está seguro si fue en un hospital o en algún agujero sucio de esta ciudad. Siempre se le ha visto en la calle, vagabundeando pues. Aprendió a caminar justo en el círculo que forman las palomas mientras se alimentan en el parque. Los que deambulan por el centro de la ciudad siempre lo vieron trepado en los árboles persiguiendo ardillas. Qué vicio el de Emilio de perseguir esas hinchadas colas de pelos grises que se avientan por el aire hasta atrapar la rama con sus patas. Y Emilio si que es ágil como ardilla.
¿De sus padres?, no, el nunca ha hablado de sus padres, pero parece que murieron cuando apenas cumplía los cinco. Al menos su madre le llegó a dar su lechita materna, y eso siempre lo recuerda, cuando pasa junto a los cafés del centro y los empleados le regalan un vasito de leche y unos pedazos de pan dulce.
¿Por qué no envejece? Tal vez es sólo un fantasma. Muchas personas que lo conocen dicen que si vivió. Que su casa estaba ahí cerca de
Unos piensan que lo recogió el ayuntamiento y se lo llevó a un orfanato, otros que se lo llevó la noche, hay quienes afirman que a Emilio se lo comieron las ratas, otros que logró escapar con los payasos que cantan en los camiones y que se volvió adicto a alguna sustancia y se volvió ladrón y traficante cuando creció. Otros insinúan que esta en la peni, o en la correccional. Como nadie sabe su edad, nadie supo su nombre real y solo lo conocen como Emilio, porque un maestro de secundaria, después de observarlo mucho, en los grupitos de niños que se juntaban en bolita para escoger a los compañeros de sus diferentes equipos de futbol, y Emilio era siempre elegido como portero, le dijo que se parecía a aquel personaje de la novela del filósofo francés Juan Jacobo (así me gusta llamarle) que tenía muchas preguntas para entender su educación. Pero por el desconocimiento de su real identidad siempre ha sido difícil (desde entonces) buscarlo en algún listado de desaparecidos, o preguntar por él en los hospitales. En una tormenta nació, y con una tormenta, al parecer, desapareció.
Sin embargo, con cada plática que sostenemos con los compañeros, entre nosotros, entre ellos, o aquellos de más allá, cada quien sabe de Emilio, a su manera. Quizá es porque nadie en la ciudad quiere negar que lo conoce y quedar como un tonto, no sea que me quede solo de verdad:
- Yo he visto a Emilio ¿y tú?
- Sí, claro, ayer vino a mi ventana...
Y así cada quien ha contado su historia. Porque las historias que vivimos, las vivimos acompañados de Emilio. Por eso, tal vez no me creas. Tal vez nadie pueda convencerte de la certeza de que Emilio existe. Al menos mi Emilio. Y tú deberás saber si el tuyo está contigo. Piensa. Recuerda esos momentos. Cuando alguien te sonríe en el espejo. O cuando alguien se acuesta en tu hamaca y sientes su presencia. Es Emilio. Reconócelo.
¿No te has descubierto en ocasiones hablando solo, pero hablando con alguien? Sabemos que hablamos con alguien. Decimos hablo conmigo. Pero en realidad es a Emilio al que le contamos lo que nos queremos contar a nosotros. Y él siempre escucha. Sereno. Pensativo. En ocasiones pienso que se la pasa tomándome el pelo, o burlándose de mi. Como diciendo: ja, ja, te lo dije, te lo dije pero eres terco. Sí. Emilio siempre está presente. Aunque no queramos. Al menos eso pensaba cuando era niño. Pero luego, dejé de escucharlo. Me he hecho adulto, y por más que quisiera seguir siendo niño sin las preocupaciones del trabajo. Trabajo, que fea palabra. Entiendo que quieran utilizarla los científicos, los físicos, los astronautas, los investigadores, pero nosotros los niños. ¿Nosotros? Siempre me pasa, me convierto en niño cuando quiero hacerlo, pero es tan pasajero, que ni siquiera me doy cuenta, sólo cuando mi esposa me dice: ¡Oye, no seas infantil!
Pero al contrario. Quisiera ser infantil, quisiera ser un infante, para poder corretear a los gatos junto a Emilio. Para ir a patinar al parque. Para columpiarme, como solía hacerlo del pasamanos, así, de cabeza, sostenido solo con las pantorrillas, como solía hacerlo, mientras mamá me decía que no lo hiciera, que podía caerme. Pero Emilio sabía que yo podía y que si no lo lograba, era porque él era mas aventado que yo. Así que no. ¿Cómo iba a permitirla a un fantasma ser mejor en todo? Eso nunca, así que ahí estaba colgado de cabeza, y mi madre asustada. Emilio. Si, lo recuerdo tan bien. Quizá lo veo muy lejano, pero sé que lo que viví con él, lo iré recordando con lentitud, pero con firmeza.
Tantas veces lo he visto jugar en el parque, en la cancha de básquet, o en el cubo de arena de los juegos. Igual cuando iba a la iglesia, siempre me lo encontraba. En aquella época me había hecho acólito y a Emilio le gustaba acompañarme a misa. Al principio me ponía nervioso todo eso de la iglesia y sus rituales, pero con Emilio a mi lado, me sentí más tranquilo. Él gustaba de orar muy calladito sentado en el suelo, cerca de la imagen de un Cristo de color negro que estaba en el rincón más apartado. Y sabiendo que ahí estaba Emilio yo podía cumplir con mis labores de ayudar al sacerdote sin ningún problema. Le gustaba cantar (casi gritando) en el coro, y recoger la colecta. Creo que tranzaba algunas monedas, porque siempre se compraba palomitas de maíz y me invitaba.
Igual íbamos al cine y él siempre ponía las patotas en el asiento de adelante, y cuando algo no le parecía de la película, aventaba palomitas a los de enfrente, cuando le daba risa, tiraba palomitas al aire, y cuando algo le daba miedo, las palomitas salían volando en todas direcciones. En fin, creo que le encantaba molestar tirando palomitas a todo el mundo. Una ocasión llevó una linterna y le encantaba andar alumbrando a las niñas bonitas, bueno al menos a mí me parecían bonitas, y siempre tenía palabras para ellas, que las hacía quedar rojas como si les hubieran pellizcado las mejillas. Era tan platicador (o hablador, que aunque no es lo mismo, así es como yo le decía) que las niñas se acercaban con él a platicar y yo me quedaba ahí, todo incómodo, viéndolo divertido mientras me aburría. Miraba el suelo, y en ocasiones, cuando levantaba la vista hacia las chicas, algo les decía (tal vez se burlaba de mi, tal vez me dejaba bien, no sé) que siempre se andaban riendo ellas, no se si de mi, o con alguna broma de él. En esas épocas no tenía palabras para las niñas así que Emilio era el único que hablaba. Era divertido, nunca podía enojarme con él. Lo que sí, era que las idas al cine eran siempre una diversión a su lado.
Decía que le gustaba la escuela, pero le costaba aprenderse las lecciones. Y cuando yo me preocupaba por los exámenes, ahí estaba Emilio, pinchando con su dedo índice mi hombro para distraerme, tenía en la mirada como golondrinas que iban y venían y hacían que las letras de mis libros se cayeran al suelo, esparciéndose. Y yo me enojaba con él y le reprendía: ¡Oye Emilio, si a ti no te importa hacer la tarea allá tú, si te gusta que te regañe el maestro, es tu problema, pero déjame tranquilo!, y Emilio se callaba y se sentaba en el suelo, recostando la espalda en la pared, mirándome, en silencio, yo no le hablaba, y evitaba voltear a verlo, pero tras unos segundos de silencio, comenzaba a dispararme con sus dedos, unas bolitas de papel, que iba rompiendo y mordisqueando, bolitas de papel ensalivado, con las que me iba golpeando el cuerpo, hasta hacer que me levantara y lo persiguiera, y corría huyendo de mi, y luego volvía y continuaba fastidiando. Así era Emilio, uno no podía enojarse con él, porque a él no le importaba, siempre se reía y seguía su eterno juego de distracciones y aventuras. Me enojaba que me tirara las letras, pero me di cuenta que al ir recogiéndolas, para armar de nuevo las palabras, se me hacía mas fácil estudiar, y cuando sacaba una buena nota siempre estaba ahí para brindar conmigo con frío refresco de mango.
Emilio era la libertad, y siempre me impulsó para no tener miedo. Una tras otra contaba sus historias, y muchos niños nos aprendimos varias, la de su supuesta adopción, la de los astronautas, o cuando se iba con los scouts, en fin, no se le paraba el pico, y su imaginación no conocía límites. Que si la mujer de un solo ojo que vivía a las afueras de la ciudad y paseaba por el periférico siempre a las seis de la mañana en su motocicleta arreglada como tricicleta, con su vestido de quince años, traumada porque sus chambelanes nunca llegaron. ¿Qué clase de historia es esa Emilio?, cuéntala completa, le decíamos, y se arrancó aquella tarde: “tenía un amigo en la secundaria que me la contó, se trata de que en el salón de este mi amigo, estudiaba una chica de nombre Adriana, que una vez invitó a todos los muchachos de su salón para ser sus chambelanes para sus quince años y todos dijeron que sí, pero luego pasaban los días, y nadie sabía nada y en verdad no querían ir porque decían que estaba fea, pues resulta que luego de dos meses la muchacha les entregó las invitaciones a los mismos muchachos, entre ellos mi amigo, con los intramisibles a la fiesta, todos se disculparon por no pode su chambelán pero ella dijo que no había problema, que sus primos serían sus chambelanes y quedaron de ir el sábado a la fiesta, pero cuando esa noche todos llegaron a la fiesta en el lugar que decía la invitación el sitio era un lote baldío y no había nada, incluso la dirección estaba mal, porque los cruzamientos de las calles eran diferentes. Cuando la vieron el lunes, ella estaba mostrando las fotos de su fiesta a las muchachas y todas se reían de ellos, porque se había vengado, sí hubo quince años pero no fue donde les dijo. Poco tiempo después esta muchacha fue encontrada muerta en su casa, según se había suicidado, pero tenía puesto su vestido de quince años. Y desde entonces dicen que se pasea por el periférico en esa moto arreglada con su vestido rosado de arandelas”.
Varias noches soñé con esta tontera de la mujer y su vestido, pero la verdad es que esta historia me daba mas risa que miedo, se me hizo siempre tan tonta, pero que chistoso que se hayan burlado de los chavos, ya me imagino sus caras buscando el local para la fiesta.
Emilio me contaba cada una de las cosas que hacía durante el día, así como las cosas que le habían pasado o que le contaban algunos de sus amigos. Me contó de la fábrica de cerillos que se incendió porque alguien dejó abierta la ventana. De los diez días que pasó encerrado en un tinaco con su perro para que no se lo quitaran los del ayuntamiento, o de cuando iba a liberar tortugas a la playa con un grupo de ecologistas hippies. También del nieto de un pirata que tenía escondido unos cofres extraños en el patio de su casa en un puerto del estado. Los he visto, decía Emilio, y yo sólo me reía. Siempre me causaba risa su creatividad.
Ahí va Emilio corriendo tras de las palomas. Como creció con ellas se sabe el nombre de cada una, y en ocasiones se la pasa curándole las alas, y bailando para ellas, mientras algunos músicos tocan los tambores. Le gusta pararse junto a los niños que venden cigarros, para apagar los cerillos con su aliento de manzana.
Emilio recorre el mercado grande, con las manos cubriéndose los oídos, mientras los voceadores anuncian los comestibles diarios. Está en el zoológico contemplando a los hipopótamos y me hace gestos de vez en vez inflando los cachetes.
Siempre está a mi lado cuando voy por la calle para comprar helados, a él le gusta el de guayaba porque, según dice, así olía el perfume de su mamaita. Cuando me voy de excursión con los scouts, se agarra de mi uniforme y duerme junto a mi en la casa de campaña luego de haber pasado el rato contando historias de terror mientras la noche deja caer sus estrellas. Se sabe unas historias de brujas, ratas asesinas, pájaros nocturnos, niños que salen del monte en medio de la noche, cuando el cielo queda totalmente rojo, de mujeres chismosas que los muertos se las han querido llevar pa’l otro lado, y de aparecidos, que juuu, pa que te cuento.
Pero dejé de ver Emilio cuando entré a la preparatoria y comencé a sentirme mayor. La última vez que miré su rostro estaba, por primera vez, serio. Yo caminaba hacia las rejas de la escuela y él me miraba desde ahí, sentando enfrente de la calle, bebiendo un refresco de naranja en la fonda de los Consentidos de la prepa:
- ¿Por qué tienes que crecer y volverte responsable? ¿Por qué no quieres ir a pasear conmigo?
- La vida es así Emilio, uno crece y tiene que pensar en el futuro, y el futuro nunca es hermoso.
- Yo nunca pienso en el mañana, apenas me alcanza para pensar en lo que haré hoy.
- Pero me han enseñado que pensar en el mañana nos hace ser precavidos.
- No sé que es ser precavido, quisiera alguna vez intentarlo.
Desde esa mañana el álgebra y las ecuaciones me rodearon, los problemas fueron creciendo alrededor, apretando como una serpiente que quisiera devorarme, y olvidé aquellos juegos. Me volví serio, huraño y malhumorado.
Pero ahora, desde que nació mi hijo, ahora que he vuelto a correr tras la pelota. Que he vuelto a tirarme sobre el césped para que mi hijo brinque sobre de mi, para que me agarre de su caballo, que me dice: Mira papá como ando en mi patín, mira, mira como voy en mi triciclo, vamos a jugar Gol, me acordé de Emilio y su rostro emocionado por la libertad de la vida. Ahora me parece oír a mi hijo Alejandro platicando solo en el cuarto, riendo y jugando con sus juguetes. Creo que Emilio ha vuelto a nuestro hogar.
