Amanecí un poco reflexivo y con dolor de vientre
"Hay libros de los que sólo se recuerda una página, poemas de los que se retiene una estrofa, y estrofas de las que únicamente se conserva la vibración rítmica de un verso" (Francisco A. de Icaza).
Hacia donde nos llevan los días. Pocas horas ha que perdí la borrachera, pocas horas que el rostro de Patricia Garfias y sus ademanes, sus cejas, sus terribles labios se abrían para considerar sus actitudes poéticas que ahora se van descubriendo. Sus manos recorriendo la mesa, la cerveza disparando su ludismo, y en esas horas vespertinas, reconocemos las intenciones literarias. Pocas horas del viaje por el cuerpo de Alejandra, que nos cubrió la disciplina cíclica de las revelaciones. Dos rostros que se van comunicando con mi retardado vicio de dolerme. Y sólo me queda pensar en los versos, como dijo Martín Luis Guzmán en El desprestigio de los sentidos: "(...) Si el mar fuera incoloro carecería de importancia, a no ser que tuviese la íntima quietud del cristal. Sin el color no existiría tampoco el cielo, ni verían nuestros ojos los bellos juegos de luz a la hora plácida del crepúsculo, cuando sólo viven sobre el Valle la bóveda inmensa y la torre de la catedral". Nos queda eso, los sentidos, para percibirnos ridículos, minúsculos, terriblemente imperfectos y tan enseñorados.
Sólo basta un verso para que las nostalgias se nos escapen. Dice Alejandro Filio: "Habrá que creer en Cristo, en la paz o en Fidel". Y eso nos queda con los sentidos, creer en estos dolores de vientre, creer en la magia del orgasmo, en los cuchillos, en que te vas a Veracruz con otro, en que nuestra casa de Querétaro no se pudo cumplir, en el embarazo de la mente y nuestra gemelitas. Habrá que creer como siempre en todo lo que nos hemos aniquilado. Habrá que reducirse, mirar esa mágica fruta de los muslos poderosos de la Quiñones, habrá que darse cuenta de los inicios inodoros y de todos los colores que surgen en el hábito lunar de reconocerse y descubrirse.
Tenías razón, como dijo alguna vez Ramón López Velarde: "Con un hijo, yo perdería la paz para siempre". Te llamaré madre entonces, al robarte la paz que ahora de nuevo te ha llegado. Y me uno a esas palabras del gran poeta mexicano, cuando dice: "Quizá mientras me recreo con tamaña potestad, reflexiona en mí la mujer destinada a darme el hijo que valga más que yo", porque convengo en pensar que el amor sólo llega una vez a tu vida, y pudo llegar sin que te dieras cuenta, pudo estar en tus manos y haberse filtrado hacia la tierra. Oh dioses siderales, qué hacer con la imposibilidad de reconocerse los sentidos. ¿Será que mi pasionaria voluntad de amarillarme siempre me ha impedido conservar el amor? No creo poder vincular mi vida a manos y lazos pasionales que me revelen quién he sido, me forman las princesas y las diosas en que me he sobrevivido, me forman sus historias, como un monstruo que se forma de recuerdos, ¿eso soy?
¿Un mostruo cabizbajo? ¿Un escarabajo herido e inconstante? Dice Jesús Silva Herzog: "(...) el escenario y la historia influyen en la psicología, en el modo de ser de los individuos (...)" Y si le doy la razón a este pensante ser, concordaría en que (mexicano al fin / no solo terrestre) soy paradógico y contradctorio, desprecio la vida, y se del miedo y la cobardía, a veces soy desleal y taimado, más en la inmensa mayoría de los casos estoy dispuesto a ser franco, a ser leal hasta morir por algún amigo, y tiene razón Silva Herzog al definirme (al definir a los mexicanos), soy capaz de los vicios más repulsivos y de las más altas virtudes, capaz de cometer los más horrendos crímenes y los mayores actos de grandeza (Jesús Silva Herzog: Meditaciones sobre México, de dónde he basado la definición de mí mismo).
Y en este sentido, como nos dijimos tantas veces, o somos sabios o nos dedicamos a la pornografía y la cacería del orgasmo. Porque el amor es un arma que siempre estará en contra de la sabiduría. Leer a Umberto Eco, y lo sabes, es pensar que el tipo jamás coge. Porque los relevos amorosos nos hacen perder el tiempo en esa búsqueda intelectual. ¿Estamos equivocados?
Yo lo estoy, siempre lo he sabido. Tú camina en tu mundo nuevo, con ese tu ser inteligente, duerme sobre su pecho, y alísale el cabello con tus espinas manos, mientras que yo iré derecho a transitar mi propio aquelarre.
Haremos una fogata con nuestros propios versos, para exorzicarnos el uno del otro. ¡Salud por la victoria de las células!
