Categoría: Narrativa
6 Noviembre 2007
Por más intentos no me era posible orinar en el vaso de plástico que el oficial en turno me había entregado. La ira, como calambres erráticos, se reflejaba al apretar las manos. Un hilillo de sangre escurrió por los dedos del puño al clavarme las uñas. A la espalda, la voz del que me condujo al baño: “No te hagas pendejo, ¡orina!”; “Ven y ayúdame” dije girando hacia él, sacudiendo el pene y recuerdo el golpe rompiéndome la ceja. ¡Cómo querían que orine si no había tomado cervezas!
Habíamos pasado la noche planeando un negocio. La excitación crecía al descubrirnos más allá del tiempo extra viviendo a expensas de los padres y éramos capaces de gastar un poco más de lo común para cualquier hombrecito de arrabal de esta ciudad clavada en el sureste. El año que apenas inició pintaba bien. Teníamos trabajo.
A mis veintidós logré colocarme en una consultoría ambiental y pasaba la tarde platicando con José en su taller de cómputo: “Pregúntame qué hago”, después del teatro de la interrogación le respondía: “Nada...; ahora pregunta ¿cuánto cobré?” de nuevo la mímica superflua, en esta farsa de profesionista comprometido con la naturaleza y el cuidado del ambiente, y responder: “Tres mil quinientos”; “Alcanza pa’ que des tu tanda”.
Esperaba que los demás del grupo abandonaran las oficinas en las que permanecían desde el amanecer -apenas atisbando el sol creciente: Ángel de la imprenta donde se desempeñaba como diseñador gráfico por computadora; que Héctor, encerrado en la bóveda, diera tiempo a los de caja para cuadrar sus cuentas, y le permitieran salir del banco; que Carlos se librara de la última reunión en el despacho de su tío, rodeado de papeles, dictados, memorandums y clientes que buscan los mejores beneficios del divorcio; y que José terminara la reparación de la última compu del día, contento por los nimios conocimientos que tenían sus clientes en esta materia, idóneo para cobrar lo que fuera sin que pusieran objeción, según decía. Una vez juntos, celebrar el viernes, sin necesidad de pretexto, “una flor pintada de azul ¿no es un motivo?”, decía José al iniciarse la juerga que se prolongaba sábado y domingo hasta el medio día; descansar un rato, a misa por la noche con la novia del momento, después a cenar. No nos fastidiaba vernos y contar las mismas historias de siempre.
Yo era el mayor. El único con carrera concluida a pesar de haber crecido con ellos recorriendo callejones y privadas del fraccionamiento Pacabtún, en las inmediaciones de la colonia Fidel Velásquez. Tú tienes poco tiempo en la ciudad, por eso no conoces este barrio formado por casas ordenadas de forma paralela, separadas por una avenida que cruza a todo lo largo y remata al norte en el parque de béisbol y al sur con lo que aún se conoce como la Conasupo, ya convertida en estación de policía. Calles estrechas y apretadas. Hileras de viviendas minúsculas, fruto final del gobierno de los setenta años. Arrimadas unas junto a otras, con paredes delgadas, para escuchar a los vecinos deambular por habitaciones pequeñas. Manzanas de edificios atravesadas en la parte media por un andador. En las bocacalles se distinguen las de dos pisos mirando a la avenida, para camuflajear la pobreza de este complejo habitacional de excordeleros.
Fuimos juntos a la secundaria. Al terminarla, presenciamos como los compañeros de salón se agremiaban en banditas, reuniéndose en los parques o en los andadores a tirar placas (ya sabes, señas que los identifiquen como banda), planear el golpe, probar lo ilícito, echando apuestas para descubrir su hombría. Grupos tribales de jovenzuelos que con el tiempo tomaron fuerza, agitando, junto con navajas y alguna otra arma, el rencor de su violencia contenida. Desde siempre barrio bravo, peligroso para andarse por las noches.
Mientras la mayoría de los chavos de nuestra edad se decidía por una carrera delictiva, nosotros entramos a los grupos juveniles de la iglesia (esa otra forma de pasar el tiempo), que con la llegada del nuevo párroco, de visión renovadora, atiborraba el atrio de la parroquia con feligreses sumisos y sedientos de perdón (victimarias multitudes) siempre listos para presenciar sus conciertos eclesiásticos de música y pirotecnia, y depositar su limosna con el compromiso de liberar la culpa.
Crecimos en este ambiente. Sin embargo, la religión no permeó en nosotros y la tomábamos como un sitio ideal para la cacería de niñas tiernas ¿para que engañarnos? Nos entusiasmaba celebrar al párroco Carrillo sus filiaciones políticas. Brindaba esperanzas de revuelta intelectual, cultural, con cada sermón, donde injuriaba e intentaba desenmascarar a políticos y servidores públicos renombrados (rayando en la calumnia, pero ¿qué importancia?; vitoreábamos su atrevimiento). Poco a poco esa esperanza se diluyó ante la incongruencia de las palabras pronunciadas y el poco compromiso que demostraba una vez que bajaba del altar. Dentro de estas situaciones de lo cotidiano nuestra relación de amigos creció y esas vivencias animaban nuestras borracheras.
Descubrimos ideales afines al recorrer clandestinos durante las salidas semanales a las barras libres de los antros del Paseo de Montejo. Probamos las posibilidades ilusorias de la marihuana y aprendimos como cortarnos la borrachera con una ligera grapa de coca. En esos constantes festejos, siempre surgía en la plática, bajo el tintineo de caguamas, el recuento de conocidos que habían pisado el bote, o de niñas, compañeras de escuela, embarazadas sin haber cumplido los veinte, y festejábamos nuestra suerte de sentirnos intocables. Éramos un grupo fortalecido por las experiencias.
En este barrio de obreros desertar de la escuela es común, (tienes razón, en muchos sitios del país se da lo mismo). Madurar temprano es obligatorio. Enfrentarse a la vida implica tener que trabajar desde chavo, ganarse los buenos “baros” para invitar a una “nena” al cine y que todavía alcance para el reven del fin de semana. Así sucedió para mis compas que, sin envidiar mis logros, se conformaban con su trabajo de empleados; yo los consolaba, o, mejor dicho, tal vez asumía la realidad de los profesionistas del país diciendo: “Al menos ustedes tienen seguro social, yo ni prestaciones ni aguinaldo”.
Durante aquellos años mi madre se empeñaba en hacer hasta lo imposible por seguir costeándome la escuela y no me podía dar el lujo de gastar dinero extra. Por lo que mi comportamiento era más bien semejante al de un parásito para mis amigos, quienes sí podían costearse la borrachera y que, por amistad, siempre me invitaban, hasta el momento en que dejé de tomar por completo, aquejado de colitis recurrente, que me ponía, en serio, mal, muy mal, con apenas probar alcohol, lo que ahora me permite ahorrar dinero.
Tal vez nadie pensó que la noche que nos detuvieron las cosas fueran a cambiar de forma radical. Esa noche en que todo se resolvió, nos sentíamos hombres diferentes a lo que el destino se hubiera empeñado en querer para nosotros. Se notaba la diferencia con las salidas de años atrás cuando nos conformábamos con tomar las chelas en casa de Héctor, de pie junto al muro de la terraza, mirando el ir y venir de la gente por la avenida, después de juntar los pocos pesos que podíamos sacar a nuestros padres, o de los empleuchos en que nos desenvolvíamos. Era distinto, teníamos la frente en alto, la vista hacia delante, siempre hacia adelante. Todos con buena paga podíamos brindar por la suerte en un restaurante de clasemedieros, y nos atrevíamos a planear la creación de un negocio propio. ¿Qué mejor que una sociedad entre cuates de toda la vida? Acordamos la cantidad que cada quien tendría que depositar en la cuenta de Carlos, electo, esa noche, tesorero.
Apuraron la última cerveza (yo, mi agridulce limonada) y pedimos la cuenta. Se hacía tarde. El fin de semana concluía, y sintiéndonos “jóvenes responsables tocados por la fortuna, prófugos del destino de los arrabales”, teníamos que descansar para iniciar la jornada el lunes.
Fue patético llegar a la Delegación. Rayaban las dos de la mañana. Al entrar, se abría una salita de espera. Del lado derecho se encontraba el escritorio del oficial en turno. Frente a él, a la izquierda, una banca larga de madera en la que permanecía, amodorrada, una mujer joven, vestida con bata clínica; no recuerdo su rostro pero la imagino fea. Dos hombres me sujetaban los brazos como si aún tuviera intenciones de escapar después de lo sucedido. Sin contener el enojo, exigí justicia ante la violación de mis derechos. No importó ni una de mis quejas. Pregunté por mi amigo pero nadie contestó. Hicieron que me quitara la camisa, y después que la mujer de bata clínica me revisó, se asentó en el acta que no presentaba marcas de maltrato. Deposité en el escritorio la cartera, contaron el dinero, me obligaron a desprenderme del cinturón, del reloj y los cordones de los zapatos (no me fuera a suicidar). Luego de redactar en una hoja las pertenencias y hacerme firmar, el que parecía jefe me devolvió la camisa, y me entregó el vaso de plástico para depositar la muestra.
Detuve el automóvil. El semáforo en luz roja. Las calles desiertas: “Cruza, a esta hora los semáforos son precaución”; cerciorándome que no había peligro, avancé. A escasos metros, del otro lado del camellón, una patrulla encendió sus luces. No avanzamos más de dos esquinas para escuchar la sirena anunciando que debía detenerme. Fue hasta que el oficial me solicitó los papeles cuando me percaté que no estaban en la guantera. Sólo pude entregar la licencia de conducir.
Me pidieron que bajara del carro, y ante el discurso de las faltas que había cometido aclaré: “Son más de las doce... el semáforo es precaución, ... venimos de cenar.., los llevo a su casa... yo ni siquiera tomo”. En su hablar atropellado, el agente me hizo ver los problemas en que estábamos metidos; yo me resistía: “¡El intermitente evita que uno sea asaltado al detenerse mucho tiempo..!”, intenté explicar, llegar a un acuerdo. No tenía justificación, el semáforo marcaba rojo estático: “... son más de las doce... no venían carros...”. Se acercó su “pareja” con el reglamento vehicular en la mano y la mirada endurecida, como si se tratará de un atraco de suma importancia. Con voz ronca y demostrada prepotencia (y él sí tenía aliento alcohólico) dijo, al mismo tiempo que señalaba en el librito: “El artículo 27 es claro: ‘…los conductores tienen que hacer alto total’...”; enojado con su actitud espeté: “Permíteme.., el artículo que dices, no es el que estás mostrando, estás señalando el 123…”; y ocurrió: A mis espaldas crecía, como un gigante que despierta y se levanta entre las montañas de la más tímida prudencia, el aleteo de una voz “apocalíptica”: “¡Vergüenza debe sentir tu familia porque eres policía!, ¡Analfabeta!”, fue el grito; escupitajo de fuego lanzado por Ángel que presenciaba la escena sentado en el borde de la ventanilla del copiloto con esa sonrisa idiota en el rostro, jugándose una broma.
De personalidad introvertida, Ángel tenía que tomarse unas cervezas para comenzar a disparar chistes y expresar su visión de las cosas que le molestaban. Tal vez el hecho de ser el mayor de tres hermanas, de madre soltera, le hacían ser comedido en su actuar cotidiano, eso de dar el ejemplo y cosas así. Pero el alcohol hacía surgir en él lo disidente. Desde la secundaria había tenido estas actitudes para con la autoridad, pero nunca se trataba de meternos en problemas serios, más bien, cuando no lograba salirse con la suya, bastaba alguna reprimenda, una madriza acaso; como cuando llegó borracho de una barra libre y un grupo de chavos banda intentaron asaltarlo, ¿no, el idiota, se empezó a reír y gritarles ‘ora si se jodieron, no tengo ni un centavo, me gaste la lana en la disco’, no le quitaron hasta los zapatos, lo dejaron en cueros y además se lo madrearon?
Los otros tres compañeros intentaron callarlo. Fue tarde para detener el caos: El policía, ofendido, arrancó a Ángel de la ventanilla, lo tiró al suelo y le dio de patadas. Héctor ordenó a José que te llamara de inmediato: “Háblale a Escamilla que sepa lo que nos está pasando”, “No tengo crédito” fue la respuesta al cerrar el celular. Carlos corrió como el maricón que siempre ha sido. Logré arrebatar mi licencia, subir al auto y arrancar cargado de adrenalina mientras que cada uno de mis tripulantes abordaba como bien podía. Esquinas adelante varias patrullas cerraron el paso. Sólo el conductor debía ser detenido, pero Ángel, no sé si por estúpido, o por amistad, siguió insultando hasta que lo cargaron. Los demás tuvieron que irse.
Compartí la celda con tres personas. Mi consuelo, pensaba, es que duermen y no tengo que soportar sus miradas. Eran un objeto más de la oscura escenografía. No logré cerrar los ojos. A esta hora los chavos habrían dado aviso a mi madre, y tenía la certeza de que también al padre Carrillo. Este pensamiento me mantenía alerta, contagiaba algún tipo de seguridad. En cualquier momento vendrían a sacarnos: cuando sepan que somos de su equipo de trabajo se arrepentirán de habernos detenido, no hicimos nada grave. El jefe de la policía no es bien visto por la gente, menos en sectores de clase baja donde el padre Carrillo tiene poder de convencimiento. ‘Ora sí se va a armar la revolución’. Nunca imaginé el proceder de la autoridad. A pesar de que sí, y en serio te lo digo, sí sentía miedo, el odio era mayor y quería venganza. Confiaba que los cuates, afuera, estaban buscando la forma de sacarnos. Estaba seguro que te habían ido a ver, y pronto la prensa estaría amotinada en la entrada. Despertarían a los muchachos del grupo juvenil que dirigíamos: ¿los detuvieron?..., sí... es terrible la represión de este gobierno para los jóvenes..., cómo se atreven..., son muchachos serios..., uno de ellos (yo, por supuesto) ni siquiera toma..., lo hacen porque son de Pacabtún. Imaginaba que en poco tiempo habría una manifestación exigiendo nuestra libertad. Tendría que tener un discurso listo. Los perdonaría, claro. A todos. Sin rencores. Eso hablaría bien de mí. El padre Carrillo estaría orgulloso... No se porque, pero pensé que por ser del equipo de trabajo del sacerdote, la policía tendría cierta consideración para con nosotros: ¿acaso no éramos figuras públicas, ejemplo para otros jóvenes?
La incomodidad de la celda me traía a la mente otro tipo de sentimientos. Es verdad que me sentí burlado, violentado en mis derechos, casi un prisionero político, más con el paso del tiempo y el silencio viscoso que atravesaba los oídos, interrumpido, apenas, por el sonido de alguien escribiendo a máquina, ese sentimiento se transformaba en angustia, dolor en el pecho: ¡Qué coño hago aquí!, ¿cómo es posible que esté viviendo esto? Yo, un profesionista, universitario. Es imposible que esté sucediendo, tengo que despertar de alguna forma, ¿dónde carajos estará Ángel? ¿a dónde lo llevaron? ¿qué va a pasar conmigo? Tal vez era peor que nos relacionaran como servidores de la parroquia del padre Carrillo. Lo hicieron. Y considerando los últimos sermones que se había gastado el padrecito contra la policía..., pues... ser coordinador del grupo juvenil tal vez no es lo mejor de mi currícula para zafarme de esta situación.
Dolía la cara, la ceja sobre todo. Hervían los músculos y sentí como si los ojos pudieran escupir injurias que no alcancé a pronunciar. La luna contemplaba el encierro filtrándose por la pequeña ventana y sus barrotes. Un tufo asqueroso inundaba el ambiente. No podía cerrar los párpados. La madrugada comenzaba a refrescar y me refugié en un rincón de la celda.
Trajeron a Ángel hasta mucho después, aunque el remolino de imágenes en la mente, y el hecho de haber dejado mi reloj junto con mis pertenencias me hacía imposible calcular el tiempo. No logré verle la cara pero pude escuchar como le gritaban, y cómo, con voz cortada, él accedía a todo lo que pedían. No era el mismo de horas atrás, definitivamente, lo habían doblado. Lo cruzaron frente a mi celda con la cabeza cubierta por su camisa machada de sangre, y pensé: ¿no me digan que no hubo maltrato físico? Me pegué lo más que pude a los barrotes del encierro, trataba de ver donde lo ponían, le grité para que me escuchara, pero un policía, con un cachazo de rifle sobre los barrotes, me hizo retroceder. No logré percibir la voz del amigo, sólo murmullos de los guardias. Lo dejaron solo. Él se mantuvo en silencio mientras yo me desgañitaba exigiendo llamar por teléfono.
Leí la noticia casi dos días después que sucedió, ya como crónica, una vez que ya estaba acomodado en el cuarto que mi ex compañero de estudios me prestó mientras rehacía mi vida; fue tal el escándalo suscitado, que toda la ciudad habló alguna vez del suceso. Me sentía ofuscado por la situación que no tenía ganas de mirar ni hablar con nadie. Cuando la leí supe que tenía que entrevistarme contigo, porque, aunque como dices, tal vez no haya nada que hacer y nadie alcancé a creer la historia, quiero ser yo el que se libere de este pensamiento. Purgarme del recuerdo, si así lo quieres tomar.
Me encontraba sentado en la parte trasera del carropatrulla cuando abordó uno de los uniformados, que apenas había aparecido, y diciendo que a la policía se le respeta, me golpeó en la cara con la mano abierta. Por reflejo me agarré de su placa, y jalándolo hacia mí, intenté ver su número, pero el dorado en la placa resplandecía tanto que los números giraban haciéndose borrosos, ilusorios, indescifrables, al grado que tuve que dejar caer los párpados y ocultar la vista. Exigí me dijera su nombre. No lo hizo y ante mi confusión logró zafarse y bajar del carro. Tomando sus lentes entre las manos, los rompió gritando que yo lo había atacado. Entraron al automóvil, más agentes; alcancé a meter los brazos para cubrirme. No tengo marcas de golpes ya que se fijaron de no utilizar los nudillos. Casi en la inconciencia, desparramado en el asiento trasero, alcancé a entender murmullos sobre el escarmiento que pensaban darnos. Hice un esfuerzo para oír mejor. Horas más tarde, en la celda, cuando al fin puse en orden mis recuerdos, en ese rincón apestoso a vómitos y orines, comprendí que dijeron algo como: “...son gente del curita de Pacabtún, ...los he visto de dirigentes en varios eventos.., el jefe va a quedar encantado..., y si no... pues... nos vamos a divertir ¿qué no..?”.
Al despabilarme por completo observé que nos dirigíamos a la Delegación. Me recosté junto a la ventanilla del vehículo a rumiar la furia. Quería ignorar la presencia de Ángel y sus arrebatos que nos tenían aquí. Le echaba la culpa y estaba encabronado hasta la médula con él. Debió presentirlo porque esquivaba mis ojos. Yo hacía esfuerzos por digerir el odio que crecía en el pecho al momento de llegar a un crucero en que el semáforo marcaba rojo. “Cruza, no viene nadie” indicó el copiloto, y me acerqué hacia la rejilla que nos separaba de los asientos delanteros: “Qué a toda madre, ¿ustedes si pueden volarse un alto?, ¡Qué a toda madre!”, “Este no es un carro de paletas, muchachito”. En el colmo de la ironía comencé a aplaudirles: “¡Bravo, bravo, superman!, que bueno que te tenemos en esta ciudad para que nos protejas”. El carro se detuvo, los oficiales descendieron, abrieron las puertas traseras, pistola en mano nos obligaron a bajar y tirarnos al suelo.
Sentí la heladez del cañón del arma sobre la sien izquierda, y la aspereza del pavimento en la mejilla derecha. Apreté los párpados y todo fue oscuro por un larguísimo momento. Escuché voces pequeñas sonando en la radio, el arribo de otros vehículos, gritos y más golpes. No pude ver a donde condujeron a Ángel, pero estoy seguro que lo escuché suplicar, llorar. Quise ayudarlo, levantarme del suelo, pero un pie oprimía la cabeza contra el piso y alguien tenía asentada una rodilla sobre mi espalda.
Dentro de los gritos que escuchaba se intercalaban risas y, sobre todo, gemidos: “No que son el azote de Pacabtún, no que son los más cabrones del barrio, más bien parecen muñequitas...”, eran algunas de las líneas que alcancé a atrapar en el remolino de voces y ruido. Hicieron que me levantara y al abordar, Ángel ya no estaba y yo no entendía la razón de tanta violencia.
Cuarenta y ocho horas bastaron para que el negocio que habíamos planeado se fuera por la borda. En ese tiempo, que pasamos encarcelados, Ángel y yo perdimos el empleo y sentí cómo nos enemistamos. El golpe para mi madre, con la cual aún vivía, fue demasiado. Tuvo que pagar la fianza de ambos porque la madre de Ángel no quiso ayudarlo, además de pagar al policía los lentes que quedó asentado en el acta yo había roto. Tan sólo entré a la casa para ver mis cosas guardadas en cajas de cartón: “Cuando regrese del trabajo no quiero que sigas aquí y espero me devuelvas lo que pagué por sacarlos”, había dicho al irse.
Héctor, Carlos y José intentaron buscarme pero me las arreglé para no topar más con ellos. Me cambié a un fraccionamiento al otro lado de la ciudad, a casa de un ex compañero de la escuela.
A las cinco de la mañana por fin me permitieron hacer la llamada a que tenía derecho. Intenté varios números, excepto el de mi casa, nadie contestó. Al fin hablé a casa de Héctor, y para mi sorpresa contestó José. Dos del grupo habían sido arrestados, golpeados y la estaban pasando mal, y los otros tres seguían festejando la noche: “No hay nada que hacer, carnal. Hablamos con el tío de Carlos, y de ley tienen que pasar cuarenta y ocho horas encerrados. Y el padre Carrillo quiso darnos un sermón que, por supuesto, tuvimos que ignorar. En desagravio, decidimos brindar porque ahora sólo nosotros tres quedamos limpios de pisar el bote. ¡¿Dime si no es motivo para festejar?!”
¿Cómo explicarte lo que sentí en ese momento? ¡Crecimos juntos, coño! Se suponía que debíamos cuidarnos unos a otros.
Al abandonar la cárcel traía los pasos de Ángel detrás de mí. Subí al carro de mi madre y desde ahí pude ver como él le agradeció y se despidió de ella. Me lanzó una mirada seca y sin decir palabra se alejó. “No quiso que lo llevemos”. “Que se joda” dije a mi madre cuando arrancó el vehículo.
Tal vez pueda imaginar lo que pasó por su mente. El aislamiento pudo más con él que conmigo. De alguna forma habrá pensado, como yo, en la traición de los amigos, el abandono de su familia, la negación del sacerdote. Pero más que nada, y porque creo que lo conocía bien, estoy seguro que no pudo perdonar la humillación que le hicieron los policías; no por la detención, sino porque sus hermanitas tuvieron la oportunidad de verlo derrotado. La venganza le caló muy fuerte. No me enteré por los cuates, ni los he vuelto a ver, aunque estoy seguro que quizá nos veamos en el entierro.
Es difícil pensar que no tuvo tiempo para planearlo y que lo hizo, al sucumbir y quedar presa de un arrebato, como si se tratara de juzgar las acciones de un loco, eso han intentado hacer creer. No lo acepto. Más bien, estoy seguro que durante el encierro se habrá dado valor. Al salir averiguó el nombre de los policías. ¿Quién iba a decir que los malditos estarían adscritos a la estación de Pacabtún y que vivían en la Fidel Velásquez? Son raza, como se dice en el argot, ¿cómo pudieron chingar a quienes han crecido en la misma barriada?
La faramalla del arresto se había publicado como una redada exitosa contra vándalos del fraccionamiento, e incluso, y eso lo supe hasta que tú me enseñaste la foto de Ángel publicada en Presidio, se pararon el cuello al atrapar (según ellos) a la escoria que azota el barrio. Su rostro ensangrentado daba lástima, alrededor de él, aparatos electrónicos, dizque robados, una pistola, algunas balas, y en el pie de foto, “... asaltantes que han sido protegidos diversas ocasiones por el padre Carrillo...” no quise leer más.
Esperó lo suficiente. Al salir del trabajo los habrá seguido a sus casas. Estudió sus rutinas. Te digo que era muy callado pero cuidadoso, con una dedicación y paciencia enormes, ¡era diseñador gráfico! Lo increíble me sigue pareciendo la sangre fría mostrada, la rapidez con que debió actuar. Terminar con una familia, salir, caminar hasta la casa del otro policía, con el tubo asesino en las manos, y no titubear hasta consumar su deseo. Lo detuvieron cerca de la carretera a Cancún y puso tanta resistencia, (parece que lesionó a uno o dos agentes con arma blanca) que lo tuvieron que matar. Al menos quiero pensar que se resistió y no que lo cazaron como a un maldito animal.
Miro el descenso del ataúd y escucho al padre Carrillo diciendo esa sarta de estupideces sobre la ley del taleón y los mensajes de Cristo de poner la otra mejilla (ni una palabra sobre lo acontecido, sin reproches sociales). ¿Cómo Ángel iba a poner la otra mejilla, luego que le arrebataron la tranquilidad de vida que había logrado formarse? Ni en su cadáver pude observar al amigo. Las costuras de la autopsia lo dejaron irreconocible. A lo lejos los otros tres del grupo. No dudo sobre el sentimiento recorriendo (arañando, desgarrando) sus recuerdos. Muy aparte contemplo el cortejo en desbandada, cada quien a enfrentar sus remordimientos.
servido por Adán
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6 Noviembre 2007
Nací en 1975, un día del cual no tengo ya el recuerdo. No estuve involucrado en el momento de mi concepción, y no puedo saber si además de la eyaculación que me brindó la mitad de mi genoma, mi madre pudo recibir el regalo de un orgasmo, de no haber sucedido, imagino que mi concepción empezó con la tristeza. Sin embargo, quiero creer en la felicidad ilusoria de los amores, esas utopías en las que la sociedad nos ha involucrado.
El recuerdo mas antiguo es cuando paseaba en carro con la familia y me dijeron:
- En esa escuela vas a estudiar –y fui feliz, lo sé, recuerdo que fui feliz en ese instante; empezaba el maternal, antes de entrar al jardín de niños, tendría tres años quizá.
Vino el día de escuela y seguía feliz, y cuando mamá me dejó en la reja, comencé a llorar. Regresó por mí, a eso de las once de la mañana y seguía llorando. Luego vino la guardería del niño huérfano.
Mi madre era secretaria particular de la esposa del gobernador del estado, y pudo meternos a mi y a mis hermanos en esa guardería, le quedaba cerca del trabajo, supongo. Ahí vi la tristeza de los niños huérfanos por vez primera, a mi alrededor se sentaban a comer niños discapacitados, con algún síndrome mental, y los sin padre, niños de la calle y mis hermanos.
Se que desde que iba a la primaria tengo llave de mi casa. Que cuando llegaba de la escuela iba por la vecina para que me sirviera la comida, ella esperaba que yo comiera y luego se iba a su casa y me dejaba solo para que hiciera las tareas. Era muy aplicado en la primaria. Es divertido pensar que desde ese tiempo tuve que presentar examen para entrar a una escuela, tenía yo cinco años. Del jardín de niños solo cursé un año. En él viene a mi memoria que empujé a un niño por la resbaladilla, ya que estaba molestando a una niña más chica, y lo empujé para que dejara de molestarla.
Mis hermanos entraron a la primaria cerca de la casa, así que era fácil, según mis padres, que yo comenzara la instrucción primaria, pero como contaba con cinco años debí demostrar que era un niño capacitado para ese nivel, y lo fui, presenté examen de admisión y pasé; eso me hizo siempre estar adelantado en la instrucción. Entré de once a la secundaria, de catorce a la prepa, comencé a sentirme universitario desde los diecisiete.
Los primeros años de primaria me recuerdo algo violento, no se como fue pero un día mi hermano mayor me quitó de las manos a un chico que ya estaba a punto de estrangular. Lo cierto es que entonces dejé de ser violento, años después eso volvería a mí, pero después del suceso me dediqué a estudiar tan solo.
Estaba en segundo grado, cuando entré al cuarto, el mismo niño, ya mas crecido me buscó pleito de nuevo, y entonces opté por la humillación de que dijera que era cobarde. No importó lo sé. Entonces había una fijación ya en mí, por una niña de nombre Wendy; cuando acabó el fin de curso renuncié al diploma por aprovechamiento con tal de que ella no llorara, le había ganado en promedio y eso la había destrozado, así que decidí hacerla feliz y dejar que ella se llevara los honores. Yo ya tenía el diploma de segundo grado y no necesitaba esos halagos en mi vida, no me importaban, como creo que aún hoy no me importan.
Como todos los niños, los adultos nos hacían hacer ridiculeces para divertirlos, y yo me pintaba solo para complacerlos. Entonces el amor por mi madre me mantenía en la confusión total, era mi adoración, lo es hoy a mis 31, pero las cosas han cambiado y soy más juicioso que en aquel entonces. Le escribía poemas, acrósticos, y le hacía muchas tarjetas para halagarla.
servido por Adán
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12 Octubre 2007
Nos conocimos anoche Teresa, como nos hemos conocido de nuevo cada noche desde hace un año. Pero qué frase tan tardía nos dijimos. Pero qué fortuna que la madrugada fuera calurosa. No pudiste irte, y contemplé tu cuerpo austral. Eres cada glándula en mi salivación, así te perdiste.
Es tu cuerpo Teresa, esa voluntad de no redescubrirme.
Para qué nos quedan los días de enamoramiento ajeno.
Saltemos el puente, dijiste. Con esa tu magia en la mirada que todo me lo pierde. Que me pierde encima y me deja sin las posibilidades de un nuevo respiro.
Habrá que respirarte, o destilarme sobre cada boca tuya sorbiéndome la leche. Vistiéndote la cara con mi semen, y dejando caer tu garganta completita sobre todo mi equilibrio, Oh no... que se pierden las agujas, que se pierden las rodillas y caemos siempre de bruces sobre los hoteles.
No más mordidas Teresa. No más miramientos ni equilibrio ni poderes colosales donde redescubrir tu vientre, dentro del ojo del tatuaje, dentro de los calamares de tus senos, en esas aceitunas tan rosadas que desprenden mis dientes. Defécame ramera mía, gritaba. Gritaba mientras iba resbalando en mi carne la cerveza. Ven a beberme.
Teresa. Si tan sólo una noche no me alcoholizara, pudiera siempre buscarte en cada rostro. En cada remolino del viento que siempre se acerca por las plazas secuestrando a las palomas.
Hazme un agujero en tu costado, que quiero meterme muy dentro de tu alma. Lo sabes Teresa. Todo tiene que ser un soplo de gobernarnos el Alma. Espero lo entiendas, no afectar terceros, no engañarnos con amores insulso ni curilerías de quédate un poco más. Hay que despedirnos siempre, siempre en busca de nuevos ojos. No lo sé. Tal vez pueda seguir encontrándote en las bibliotecas, o de nuevo en mi taller de literatura. Ya tienes mi teléfono. Ya tengo el número a donde llamarte, pero lo dejé caer en el bote de la basura.
Sí Teresa, tienes que entender que no quiero pensar de nuevo en entregas, los golpes en la ceja, los ruidos del pecho al roncar, las pesadillas me han sitiado mucho tiempo, y en esta montaña de calma y dulzura en que mis heridas cicatrizan, no quiero dolerme de nuevo por irme a vivir contigo.
Ellas todas han quedado en el pasado Teresa. No hay disculpas ni aspavientos, Es como debió haberlo sido siempre: es muy tonto creer que los géneros pueden conciliarse. Siempre acabo siendo cuestiones de voy a olvidarme de ti bajo otro cuerpo. De voy a vomitar tu recuerdo cada noche hasta purgarme tu nombre. Siempre será pasar al lado de otro sin mirarlo a ver, luego de haberse comido todos tus fluido seminales. Sí Teresa, es muy triste porque no hay razón para recomponerlo. Ellas son tan juveniles. Siempre buscando nuevos horizontes y yo he llegado hasta el pináculo. Desde acá sólo queda mirar hacia abajo. No tengo intenciones de recibirte de nuevo. Pero estoy dispuesto siempre a la cacería. Vamos Teresa, lo sabes, te lo dije antes de correr hacia el hotel. No hay nada que puedas reclamarme ahora. No es un abandono, es un pensar que voy a poder recibirte cada que queramos, gozar y brincotear como nos gusta hacerlo. Sí alguien más te interesa vé por él Teresa, si lo que quieres son seguridades. Pero hay que dejarse las puertas abiertas Teresa, siempre las puertas abiertas. Lucrecia lo sabe, lo sabe la Garma, todo es cuestión de continuar los argumentos. De siempre las lágrimas, no me chingues, no hay porque sorbernos el seso pensando en otros aquelarres. Hay que ir en busca de nuevas sobredosis y eso es ya puritito desenfreno.
- Echeverría no te vayas. Es un año el nuestro ya. Es un año de ver como regresas a ella. Si ya termino todo, quédate esta noche completita.
Ya ves Teresa que nada cambia.
servido por Adán
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28 Agosto 2007
He brillado. Todo ha brillado. Es el brillo y las chispas cerebrales que nos indican que no se puede doblar sobre uno mismo. Aún quedan las astillas, los árboles arrancados, los ríos que desmembran y cubren con su amado lodo las caricias del tigre que en ocasiones nos presentimos. Se han dado mordidas, se han dado los lindos miembros sobre los labios que saben como rendirse en su totalidad.
Se saben amorosos, se saben contemporáneos, coterráneos y sarnosos como los cánticos de Maldolor... pero no me queda el agua en la voz, no me queda la circunsición de los días, si tú no me viste la nuca en cada arremetida a mis caderas, si no me chupaste tiernamente el ano, con dulzura, con dulzura sorbes mis testículos esféricos, oh que grande es dios dentro de mi miembro, que grande la caricia sobre la nostalgia de no palidecerte. Has encontrado la voluntad perdida, te has entregado a esta cama que te espera con todas sus maniáticos deseos. Con todas sus salmuera, con toda su polución insana de quebrantarse la mandíbula, ven muérdeme perra, ven muérdago, que no hay distancia que no pueda satisfacer mi carne.
He de ir a ti. Cada 8 de octubre nos miraremos la peluca envejecida, cada martes nos doblaremos la espalda con el dildo muy adentro, ya sin baterías, dentro de la bañera o junto a la ventana:

Ella se va... se va sobre los campos, montada a pelo, montada siempre a pelo se va cabalgando
servido por Adán
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23 Julio 2007
"Luego se sentó en las rodillas de su esposo, y los dos empezaron a hacer niñerías, besándose y diciéndose estupideces." Cumbres Borrascosas, Emily Bromtë
He recordado mis promesas y no quedan mas que los recuerdos. El polvo que me siento y lo grande de mi brazo que siempre van hacia adelante. Soberbio, imperecedero. Aún cuando el mundo me aviente su garra, su picotazo nicotina, su desidia irremediable, aún siempre, permaneceré en la negación de mi historia. Sólo me queda el nombre: Adán Echeverría nació de las cactáceas, así lleno de espinos; su madre, una zarigüeya le dio su leche agria; su padre, zopilote, le enseñó el vuelo de siempre, abandonar los nidos, abandonarse al viento, irse siempre, lejos, lejos de todas las criaturas lindas de existir en rosa.
¿Qué es lo que han dejado que pudran las tomerntas? El verano. El día caluroso y el calor de las literas. Ya no queda niarmado el segundo piso de la cama. Estirar los pies y tocar el techo, fumar sobre los miles de ombligos en que nos hemos arredrado las caricias y el golpe en la cara. Ya no me queda amor. Ya no me queda ni siquiera la justa venganza. Ya no me importa más que esta decidia de esperar la muerte.
Oh mi gran Satán, mi amigo íntimo. Oh mi Belzebú, mi ser amado
Cuando vendrá por mi la silente Muerte. Cuando vendrá por mi para arrasarme en su carbunclo. Ya no hay ánimo para dar más aletazos, no queda más delirio para definirse cuchillada. Este mundo de hombres y noticias, este mundo de poemas insulsos, rimbombantes y tan lleno de sentidos de odio. Todo el mundo roza de los maricones (no hay que ser homosexual para ser un maricón, y eso se sabe), que no quieren vomitarse en su propia tumba.
Dónde esta mi brujo sedicioso. Dónde mi maravilla de aquelarre.
Ella que se raspa las ventanas en busca de otro golpe. Ella que se raspa la vagina preparando su sarna. Ella que se vuelve solo palabra sin sentido, maniqueo lacerante. Manifiesto de no sentirse en el piso ni en la despedida. Éramos un mundo nuevo, un mundo de terribles agonías que se disfrutaban.
Tantas uñas, tanto viento, tanto fuego entre los labios, tanto espino sembrado en la pupila, y sólo me ha dejado el resfriado absurdo de mi alma.
No hay más que sentir que sentirse ajeno. Sentirse sentimiento malogrado.
Me queda la uña de acero,el ulular de silencios que siempre me despeinan.
Ha quedado mi cabello, ha quedado mi excremento prendido de esperanza, ahí, en el fantástico verso de una propia disidencia.
Hemos de ser humedad y práctica voluble.
Hay un amorío roto que nunca volverá a reconstruirse. Hay un sentimiento que marca enero como última silueta, y solo es una reconciliación con la misma sarna.
No hay espejos. No hay lagunas que se disuelvan sobre las vértebras. Solo el rastro de la gusanera.
No queda más voz que pueda inaugurarse.
Mi témpano es inmenso.
Terremoto rosa de silenciar el mar. Ahí, dónde se ha quedado mi espinazo, espero a las gaviotas.
servido por Adán
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12 Julio 2007
a Irma
Soñar el mundo, soñarse inmerso en esta decadencia. Encontrar el mundo feliz, la isla de Utopía. Habitar Eldorado. Bajar a los infiernos. Escalar los mundos de la ceiba, los siete laberintos, los doce cielos. El Olimpo. La Villa de Oz. Santa María. El mundo de los ciegos que se aniquilan con el pensamiento. Habitar tu cuerpo.
Cada silencio se percibe al caminar las noches. Abordar el metro y no pensar en nadie. Ser subjetivo hasta que duelen los testículos. Amarse en las escaleras. Coger en el confesionario. Mirar a la mujer desnuda después del sexo, pintándose frente al espejo. Entrar en él, desdoblarse en el vaso. Seguir el camino amarrillo, amarillos dientes, amarillos ojos, amarillas flores que nos reinventan. Amarrarse a los tobillos. Desencadenar la quijada y las mordidas. Los pezones erectos y los dientes caminando piel.
Ella que está en el sueño. Ella habita la luz de mi garganta. Las luminiscentes piernas y sus vértebras caracolas de vidrio ámbar.
Ya no pienso morirme de mi mismo. Redescubrir el calor de su vagina. Pasar la lengua en la axila, anolar los testículos. La punta de la lengua que recorre el ano. Los besos a los párpados y las infidelidades a uno mismo.
No pensar en el tedio sino en la cerveza. Romperse sobre las hojas de los árboles y ella gateando en la cama adherida a las mordidas.
Ven acubrirme el rostro con tu manto de murciélagos.
Ven a besarme el pecho. Que tu sangre escurra por el cuello y pueda jalarte las orejas.
Muérdeme las cejas, dulce ramera de mi alma.
Ella no se ha ido y sufre las imposibilidades. Ella que es jauría y vaticinio de sangrantes equinoccios.
Ver el trébol de su espalda, besarle los omóplatos. Ella que no se reduce a humo y me vuelve bocanada.
Beso agrio de cigarro y comedor de agua ardiente, agua cárdena, agua terrosa, agua oxidada. Que caiga el vino en tu vagina y mi lengua sea cántaro.
Voy a beberte los oídos, a besarte los codos. Deja que me incline en tus clavículas y que ya nada me sirva de rescoldo.
La noche nos abraza, el sueño de las lechuzas se multiplica en tu gemido.

Ábreme los ojos. Ábreme los ojos pequeña rata de miel.
Miel de mis adentros y la calma de la noche alta.
Altos los senos y la espalda arqueada. Estoy en el barco de la estrella fugitiva. Llegaré al puerto de tu espalda. Este océano de fuego en que me ahogas la dicha.
Esta Utopía. Esta isla de Padua. Este Puerto Vallarta en que nos extrañaremos. Este sureste caluroso y los pies descalzos.
Cada silencio me refiere una nueva cueva para tu nombre. Para pintar tu nombre con la sangre de los muslos.
Estoy en el abismo de tus ojos y me siento inerte ante tus labios. Los sueños me escalan la barbilla, vienes erizándome. Erizándome las fórmulas para ya no despedirme.
Quiero llegar a ti y quedarme en maremotos.
Esta Utopía que quiere descubrirse bajo tu piel, bajo tu espalda, en la curva terrible de tu catapulta.
Eldorado. Santa María. La Villa de Oz. Cada escondite. Cada cueva, cada pared, todos los caminos, las rutas polvosas, las calles de espinos cubiertas de huesos han quedado. Corres hacia el sol y ya nada te detiene. Corres pedrerías de jade y los dedos vidrio cortante. Corres la madrugada fuera de mi cuerpo. Las ensoñaciones avanzan y cierro las ventanas. Las ensoñaciones que son círculo de humo para mis nostalgias.
He de clavarte a la pared. He de colgarte de las lámparas, para que adornes esta ciudad en que camino a solas. Este pequeño signo que me traza la ruta. Eldorado. Utopía, ese mundo feliz que cantan las cantinas. Todas las niñas leopardo que avanzan en los corredores. Todas las niñas tigre que suben las torres de la iglesia dispuestas a la cacería. Todas las caricias garra fecunda de sodomizarnos. Mira a la niña de las trenzas, sigue su destino de cuervo a sorbitos. Su metamorfosis en el borde de la cama. Su metamorfosis en el canto del machete. Su ser crisálida que se destapa el coño dulce. El coño sin vellosidades y el antojo de ser grande. Grandes las manos, grandes los miembros rutilantes. Grande el sol que gira sobre sus senos. Y ellas van trazando estrellitas en sus brazos. Van pintándose el rostro en busca del grito disecado. Ella que no se levanta de las durmientes montañas. Ella que sigue fúrica adentro de la tierra. Estallando cada noche sobre los cobertores. Siendo magma para reconstruir los palacios de Pompeya. Ella recorre el mar Océano como en cada mito. Ella que brinca las espaldas de su sentimiento. Todo se hace gris, todo es color naranja, resplandece; resplandecen sus huellas en la arena. Ella que camina hacia otras lejanías, se acercan los coyotes y gritan en los tímpanos. Caen los dolores de pecho, los adioses cortos y las madrugadas del insomnio. La ensoñación, el ojo tímido del cielo que todo nos lo guarda: todo se reduce a seguir mirándote de lejos.
servido por Adán
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30 Junio 2007
5.49 am llevo días de mantenerme en el insomnio. Ella se presiente cercana. Ya le he dicho las cuestiones de la palabra "única". Las afirmaciones y las nimiedades que nos gobiernan en un mundo innecesario.
Dice G. Bachelard: Un hermoso poema nos hace perdonar un dolor antiguo. Y de nuevo a requerirte. Todo es soñar con tenerla, desearla desearla hasta los malditos infiernos.
Estuve esperándote. Llovía. La clase de teatro aún no había comenzado, y yo de nuevo vestido de payaso. Cuando llegaste, los rizos de tu cabello caían a tu rostro. Cejas, pómulos, las gotas escurriendo.
-Hace rato que llegaste- te pasas el dorso de la mano derecha sobre la frente. Unas gotas tiemblan en las pestañas. Te lames los labios.
- Te ves hermosa.
- Así hecha una sopa. Mira como estoy. Y los malditos taxis que nunca llegan a tiempo.
Henos acá, recostados en el sudor. Los brincoteos de siempre que nos arrancan las células. Tu nombre se ha llenado de mis besos. Y en tu lengua abandoné mis nostalgias.
- Quisiera quedarme, pero ya debe estar desesperada mi madre con el niño.
No hay que hablar de días completos. Ni de viajes futuros. Todo es quedarse quieto y contemplarte.
-¿Qué? -te levantas sin dejar de verme con la sonrisa esbozada y los ojos a media vista, entrecerrados -¿te gusta verme?- enciendo un cigarro mientrascaminas hacia el baño, no dejas de hablar y me quedó mirándote las huellas. Las evoluciones de tu cuerpo.
Y no hay forma de dejar de soñar con tus gemidos. Tu forma de darte entera, esa agua que contienes. Esas piernas que todo me lo abarcan. Tus labios sorbiéndome la calma y el espíritu. Mi lengua remolinando tus pezones y los dedos hacia dentro: me bañas en tu ardiente líquido. Eres marea y océano.
- ¿Te vas a quedar un rato? -ahora ella se maquilla y la voz de mi noche comienza a desplegarse, a pensar en cuando la veré de nuevo; si la noche se hace larga saldré a caminar hacia La Casa d
e Todos. Beberé una cerveza o dos o quedaré ebrio nuevamente. He de arrastrar la sombra de mi nombre por las calles, ella que ya nom está, ella que se ha quedado en casa, ella que me deja en el hotel y regresa a su vida.Los hombre corriendo tras de los tacones, suben y bajan las escaleras. Recordar los gemidos y la cama golpeando las paredes de la habitación de al lado.
Que nos despierten porque ya es más de medio día.
Ella estará cuidando al niño, y yo anhelando que piense en mi de nuevo, y me permita secuéstrarla algunas horas cada semana.
servido por Adán
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21 Mayo 2007
Emilio es el aire, el viento, el agua y la luz del sol. Emilio cerca de nosotros, en nuestros zapatos y ropa, en el olor de la comida. Emilio al correr por el parque, al esquivar los carros que cruzan con prisa la esclavitud del trabajo diario y las oficinas, automóviles que como bólidos o como pelotas de beis avanzan acertadamente hasta el “home”, atraviesan el calor, y las gotas de la desesperación. Y es esa misma desesperación la que divide el mundo de los humanos entre los que pueden ver y encontrar y los que se quedan en ascuas, mirando los dobleces del infinito.
Emilio colgado de los árboles o jugando canicas en la calle, y los que tienen la mirada perdida como zombies que no pueden atreverse a mirar los colores que circundan los, todavía, pocos sitios verdes, propagando su oxígeno vital en esta ciudad tan desordenada y ruidosa.
Emilio es la calma y el silencio de las sonrisas, luego de la siesta de la tarde. Él siempre pendiente de cada paso que intentamos cuando aprendemos a caminar. Pero nos olvidamos de Emilio cuando dejamos atrás la infancia y entramos de cara hacia las obligaciones cotidianas, enfrentarse a la vida, el miedo a ser adultos nos aleja de Emilio, nos hace olvidarnos de él, y al mismo tiempo de nosotros.

Emilio es alegre, pero entristece como si su corazón fuera un ratón apaleado por un ramillete de gatos de barrio, (de esos que escalan las paredes y acechan desde la cornisa de las casas, listos para aventarse sobre nuestras cabezas, con sus garras de metal que brillan con la luna, y sus aullidos infantiles que causan miedo y nos hacen envolvernos con la sábana bajo la oscuridad de nuestra habitación), cuando no queremos jugar con él, cuando ya no devolvemos la pelota de sueños hacia su lado de la cancha. Esos sueños que a Emilio le encanta contar después de la lluvia. Sueños como hormigas que en hilera van saliendo de sus labios delgados y recorren el silencio, entran hasta por nuestros oídos, exigiendo al cerebro descargar la imaginación.
En cada uno de nosotros se encuentra embebido Emilio. Esta ahí en el rincón de la axila. Dentro de la garganta. Sentado sobre nuestras clavículas, como un duendecillo que nos picotea la oreja con sus dedos finos de alambre. En aquellos momentos de enfermedad cuando estamos agotados, ahí está Emilio, dentro de nosotros y rodeándonos con su veloz carrera de río desbordado.
Es paciente cuando estamos alterados al no poder cumplir nuestros caprichos. Callejero como es, no le importan mucho los problemas. Y es que no podríamos comparar nuestros problemas con los que tiene que enfrentar Emilio, o ha tenido que enfrentar en esta vida de recluso del tiempo. Atrapado en la ciudad, atrapado en el aire espeso, dentro de las gotas, en los árboles, en los granos de polvo que viaja por todos lados inundándolo todo con su espíritu de aventura.
Emilio nació un día cualquiera con aguacero y todo. Sí, nació durante una tormenta, esas que les llaman huracanes y que todo lo mueven de lugar. Nació en esta ciudad, pero nadie está seguro si fue en un hospital o en algún agujero sucio de esta ciudad. Siempre se le ha visto en la calle, vagabundeando pues. Aprendió a caminar justo en el círculo que forman las palomas mientras se alimentan en el parque. Los que deambulan por el centro de la ciudad siempre lo vieron trepado en los árboles persiguiendo ardillas. Qué vicio el de Emilio de perseguir esas hinchadas colas de pelos grises que se avientan por el aire hasta atrapar la rama con sus patas. Y Emilio si que es ágil como ardilla.
¿De sus padres?, no, el nunca ha hablado de sus padres, pero parece que murieron cuando apenas cumplía los cinco. Al menos su madre le llegó a dar su lechita materna, y eso siempre lo recuerda, cuando pasa junto a los cafés del centro y los empleados le regalan un vasito de leche y unos pedazos de pan dulce.
¿Por qué no envejece? Tal vez es sólo un fantasma. Muchas personas que lo conocen dicen que si vivió. Que su casa estaba ahí cerca de la Estación abandonada del ferrocarril. ¿Su casa?, más bien, el cuadro donde había levantado unas paredes con pedazos de cartón que le regalaban en las tiendas grandes, cuando desempacaban a los refrigeradores. El caso es que, algunos señalan que es un fantasma, que murió con aquel huracán del año 88 en que la ciudad se movió de un lugar a otro, pero nadie lo sabe realmente, pudo haberse ahogado, unos señalan que murió de frío, o que tal vez se enfermó de cólera y nada pudo hacer por curarse la pancita, pero nadie pudo ayudarlo, porque cuando el huracán había pasado y fueron a verlo, el lugar que habitaba no estaba ya, es decir, ya no estaban los cartones que formaban su casa.
Unos piensan que lo recogió el ayuntamiento y se lo llevó a un orfanato, otros que se lo llevó la noche, hay quienes afirman que a Emilio se lo comieron las ratas, otros que logró escapar con los payasos que cantan en los camiones y que se volvió adicto a alguna sustancia y se volvió ladrón y traficante cuando creció. Otros insinúan que esta en la peni, o en la correccional. Como nadie sabe su edad, nadie supo su nombre real y solo lo conocen como Emilio, porque un maestro de secundaria, después de observarlo mucho, en los grupitos de niños que se juntaban en bolita para escoger a los compañeros de sus diferentes equipos de futbol, y Emilio era siempre elegido como portero, le dijo que se parecía a aquel personaje de la novela del filósofo francés Juan Jacobo (así me gusta llamarle) que tenía muchas preguntas para entender su educación. Pero por el desconocimiento de su real identidad siempre ha sido difícil (desde entonces) buscarlo en algún listado de desaparecidos, o preguntar por él en los hospitales. En una tormenta nació, y con una tormenta, al parecer, desapareció.
Sin embargo, con cada plática que sostenemos con los compañeros, entre nosotros, entre ellos, o aquellos de más allá, cada quien sabe de Emilio, a su manera. Quizá es porque nadie en la ciudad quiere negar que lo conoce y quedar como un tonto, no sea que me quede solo de verdad:
- Yo he visto a Emilio ¿y tú?
- Sí, claro, ayer vino a mi ventana...
Y así cada quien ha contado su historia. Porque las historias que vivimos, las vivimos acompañados de Emilio. Por eso, tal vez no me creas. Tal vez nadie pueda convencerte de la certeza de que Emilio existe. Al menos mi Emilio. Y tú deberás saber si el tuyo está contigo. Piensa. Recuerda esos momentos. Cuando alguien te sonríe en el espejo. O cuando alguien se acuesta en tu hamaca y sientes su presencia. Es Emilio. Reconócelo.
¿No te has descubierto en ocasiones hablando solo, pero hablando con alguien? Sabemos que hablamos con alguien. Decimos hablo conmigo. Pero en realidad es a Emilio al que le contamos lo que nos queremos contar a nosotros. Y él siempre escucha. Sereno. Pensativo. En ocasiones pienso que se la pasa tomándome el pelo, o burlándose de mi. Como diciendo: ja, ja, te lo dije, te lo dije pero eres terco. Sí. Emilio siempre está presente. Aunque no queramos. Al menos eso pensaba cuando era niño. Pero luego, dejé de escucharlo. Me he hecho adulto, y por más que quisiera seguir siendo niño sin las preocupaciones del trabajo. Trabajo, que fea palabra. Entiendo que quieran utilizarla los científicos, los físicos, los astronautas, los investigadores, pero nosotros los niños. ¿Nosotros? Siempre me pasa, me convierto en niño cuando quiero hacerlo, pero es tan pasajero, que ni siquiera me doy cuenta, sólo cuando mi esposa me dice: ¡Oye, no seas infantil!
Pero al contrario. Quisiera ser infantil, quisiera ser un infante, para poder corretear a los gatos junto a Emilio. Para ir a patinar al parque. Para columpiarme, como solía hacerlo del pasamanos, así, de cabeza, sostenido solo con las pantorrillas, como solía hacerlo, mientras mamá me decía que no lo hiciera, que podía caerme. Pero Emilio sabía que yo podía y que si no lo lograba, era porque él era mas aventado que yo. Así que no. ¿Cómo iba a permitirla a un fantasma ser mejor en todo? Eso nunca, así que ahí estaba colgado de cabeza, y mi madre asustada. Emilio. Si, lo recuerdo tan bien. Quizá lo veo muy lejano, pero sé que lo que viví con él, lo iré recordando con lentitud, pero con firmeza.
Tantas veces lo he visto jugar en el parque, en la cancha de básquet, o en el cubo de arena de los juegos. Igual cuando iba a la iglesia, siempre me lo encontraba. En aquella época me había hecho acólito y a Emilio le gustaba acompañarme a misa. Al principio me ponía nervioso todo eso de la iglesia y sus rituales, pero con Emilio a mi lado, me sentí más tranquilo. Él gustaba de orar muy calladito sentado en el suelo, cerca de la imagen de un Cristo de color negro que estaba en el rincón más apartado. Y sabiendo que ahí estaba Emilio yo podía cumplir con mis labores de ayudar al sacerdote sin ningún problema. Le gustaba cantar (casi gritando) en el coro, y recoger la colecta. Creo que tranzaba algunas monedas, porque siempre se compraba palomitas de maíz y me invitaba.
Igual íbamos al cine y él siempre ponía las patotas en el asiento de adelante, y cuando algo no le parecía de la película, aventaba palomitas a los de enfrente, cuando le daba risa, tiraba palomitas al aire, y cuando algo le daba miedo, las palomitas salían volando en todas direcciones. En fin, creo que le encantaba molestar tirando palomitas a todo el mundo. Una ocasión llevó una linterna y le encantaba andar alumbrando a las niñas bonitas, bueno al menos a mí me parecían bonitas, y siempre tenía palabras para ellas, que las hacía quedar rojas como si les hubieran pellizcado las mejillas. Era tan platicador (o hablador, que aunque no es lo mismo, así es como yo le decía) que las niñas se acercaban con él a platicar y yo me quedaba ahí, todo incómodo, viéndolo divertido mientras me aburría. Miraba el suelo, y en ocasiones, cuando levantaba la vista hacia las chicas, algo les decía (tal vez se burlaba de mi, tal vez me dejaba bien, no sé) que siempre se andaban riendo ellas, no se si de mi, o con alguna broma de él. En esas épocas no tenía palabras para las niñas así que Emilio era el único que hablaba. Era divertido, nunca podía enojarme con él. Lo que sí, era que las idas al cine eran siempre una diversión a su lado.
Decía que le gustaba la escuela, pero le costaba aprenderse las lecciones. Y cuando yo me preocupaba por los exámenes, ahí estaba Emilio, pinchando con su dedo índice mi hombro para distraerme, tenía en la mirada como golondrinas que iban y venían y hacían que las letras de mis libros se cayeran al suelo, esparciéndose. Y yo me enojaba con él y le reprendía: ¡Oye Emilio, si a ti no te importa hacer la tarea allá tú, si te gusta que te regañe el maestro, es tu problema, pero déjame tranquilo!, y Emilio se callaba y se sentaba en el suelo, recostando la espalda en la pared, mirándome, en silencio, yo no le hablaba, y evitaba voltear a verlo, pero tras unos segundos de silencio, comenzaba a dispararme con sus dedos, unas bolitas de papel, que iba rompiendo y mordisqueando, bolitas de papel ensalivado, con las que me iba golpeando el cuerpo, hasta hacer que me levantara y lo persiguiera, y corría huyendo de mi, y luego volvía y continuaba fastidiando. Así era Emilio, uno no podía enojarse con él, porque a él no le importaba, siempre se reía y seguía su eterno juego de distracciones y aventuras. Me enojaba que me tirara las letras, pero me di cuenta que al ir recogiéndolas, para armar de nuevo las palabras, se me hacía mas fácil estudiar, y cuando sacaba una buena nota siempre estaba ahí para brindar conmigo con frío refresco de mango.
Emilio era la libertad, y siempre me impulsó para no tener miedo. Una tras otra contaba sus historias, y muchos niños nos aprendimos varias, la de su supuesta adopción, la de los astronautas, o cuando se iba con los scouts, en fin, no se le paraba el pico, y su imaginación no conocía límites. Que si la mujer de un solo ojo que vivía a las afueras de la ciudad y paseaba por el periférico siempre a las seis de la mañana en su motocicleta arreglada como tricicleta, con su vestido de quince años, traumada porque sus chambelanes nunca llegaron. ¿Qué clase de historia es esa Emilio?, cuéntala completa, le decíamos, y se arrancó aquella tarde: “tenía un amigo en la secundaria que me la contó, se trata de que en el salón de este mi amigo, estudiaba una chica de nombre Adriana, que una vez invitó a todos los muchachos de su salón para ser sus chambelanes para sus quince años y todos dijeron que sí, pero luego pasaban los días, y nadie sabía nada y en verdad no querían ir porque decían que estaba fea, pues resulta que luego de dos meses la muchacha les entregó las invitaciones a los mismos muchachos, entre ellos mi amigo, con los intramisibles a la fiesta, todos se disculparon por no pode su chambelán pero ella dijo que no había problema, que sus primos serían sus chambelanes y quedaron de ir el sábado a la fiesta, pero cuando esa noche todos llegaron a la fiesta en el lugar que decía la invitación el sitio era un lote baldío y no había nada, incluso la dirección estaba mal, porque los cruzamientos de las calles eran diferentes. Cuando la vieron el lunes, ella estaba mostrando las fotos de su fiesta a las muchachas y todas se reían de ellos, porque se había vengado, sí hubo quince años pero no fue donde les dijo. Poco tiempo después esta muchacha fue encontrada muerta en su casa, según se había suicidado, pero tenía puesto su vestido de quince años. Y desde entonces dicen que se pasea por el periférico en esa moto arreglada con su vestido rosado de arandelas”.
Varias noches soñé con esta tontera de la mujer y su vestido, pero la verdad es que esta historia me daba mas risa que miedo, se me hizo siempre tan tonta, pero que chistoso que se hayan burlado de los chavos, ya me imagino sus caras buscando el local para la fiesta.
Emilio me contaba cada una de las cosas que hacía durante el día, así como las cosas que le habían pasado o que le contaban algunos de sus amigos. Me contó de la fábrica de cerillos que se incendió porque alguien dejó abierta la ventana. De los diez días que pasó encerrado en un tinaco con su perro para que no se lo quitaran los del ayuntamiento, o de cuando iba a liberar tortugas a la playa con un grupo de ecologistas hippies. También del nieto de un pirata que tenía escondido unos cofres extraños en el patio de su casa en un puerto del estado. Los he visto, decía Emilio, y yo sólo me reía. Siempre me causaba risa su creatividad.
Ahí va Emilio corriendo tras de las palomas. Como creció con ellas se sabe el nombre de cada una, y en ocasiones se la pasa curándole las alas, y bailando para ellas, mientras algunos músicos tocan los tambores. Le gusta pararse junto a los niños que venden cigarros, para apagar los cerillos con su aliento de manzana.
Emilio recorre el mercado grande, con las manos cubriéndose los oídos, mientras los voceadores anuncian los comestibles diarios. Está en el zoológico contemplando a los hipopótamos y me hace gestos de vez en vez inflando los cachetes.
Siempre está a mi lado cuando voy por la calle para comprar helados, a él le gusta el de guayaba porque, según dice, así olía el perfume de su mamaita. Cuando me voy de excursión con los scouts, se agarra de mi uniforme y duerme junto a mi en la casa de campaña luego de haber pasado el rato contando historias de terror mientras la noche deja caer sus estrellas. Se sabe unas historias de brujas, ratas asesinas, pájaros nocturnos, niños que salen del monte en medio de la noche, cuando el cielo queda totalmente rojo, de mujeres chismosas que los muertos se las han querido llevar pa’l otro lado, y de aparecidos, que juuu, pa que te cuento.
Pero dejé de ver Emilio cuando entré a la preparatoria y comencé a sentirme mayor. La última vez que miré su rostro estaba, por primera vez, serio. Yo caminaba hacia las rejas de la escuela y él me miraba desde ahí, sentando enfrente de la calle, bebiendo un refresco de naranja en la fonda de los Consentidos de la prepa:
- ¿Por qué tienes que crecer y volverte responsable? ¿Por qué no quieres ir a pasear conmigo?
- La vida es así Emilio, uno crece y tiene que pensar en el futuro, y el futuro nunca es hermoso.
- Yo nunca pienso en el mañana, apenas me alcanza para pensar en lo que haré hoy.
- Pero me han enseñado que pensar en el mañana nos hace ser precavidos.
- No sé que es ser precavido, quisiera alguna vez intentarlo.
Desde esa mañana el álgebra y las ecuaciones me rodearon, los problemas fueron creciendo alrededor, apretando como una serpiente que quisiera devorarme, y olvidé aquellos juegos. Me volví serio, huraño y malhumorado.
Pero ahora, desde que nació mi hijo, ahora que he vuelto a correr tras la pelota. Que he vuelto a tirarme sobre el césped para que mi hijo brinque sobre de mi, para que me agarre de su caballo, que me dice: Mira papá como ando en mi patín, mira, mira como voy en mi triciclo, vamos a jugar Gol, me acordé de Emilio y su rostro emocionado por la libertad de la vida. Ahora me parece oír a mi hijo Alejandro platicando solo en el cuarto, riendo y jugando con sus juguetes. Creo que Emilio ha vuelto a nuestro hogar.
servido por Adán
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