Categoría: Narrativa
20 Junio 2009
Ahí está mirando los papeles. Sentado dentro de la noche. Las letras bricando hasta sus ojos, humedecidos ya. Quizá el sereno, la neblina densa que ha venido, toda, a mojarle las espaldas. Levanta la cara, brilla la corteza del árbol con la luna. Esa luz que va descubriéndo sus facciones. Qué distinto era el espejo donde se reflejó momentos antes.
Pocas horas atrás en la puerta de casa de ella. La fuerza marcada en partes del rostro de la chica lo decían todo, la postura que tenía, y hasta su respiración. Los labios apretados, los ojos limpios de sinceridad. Y ha sido toda la ciudad la que le ha caído encima con la noticia. Romper es una caricia punzante y muchas veces necesaria.
Fueron muchas calles las que tuvo que recorrer para llegar a casa. Mirarlo todo detrás de esa acuosa verdad que le cubre los ojos y no puede contener. La respiración recortada, recortada y lenta. El pecho le duele, le duele la sien y no sabe dónde va dejando su estela en esta caminata. Ya en casa logra llegar a su habitación, descalzarse los pies, sentarse en el colchón de la cama, dejarse caer hacia atrás y saca de sus bolsillo los papeles. Sabe que necesita leerlos pero solloza y se contiene, mas bien, se le imposibilita la lectura. Se ha desmoronado.
Es él en el espejo. Ahí, la mira pálida. ¿Es él en el espejo?
Pálida, pálida, la muerte va recorriéndole la carne con un dedo blanquísimo.
Y acá está, junto a la fogata que ha hecho con los papeles que ella le ha devuelto. Acá está, detenido bajo la luz brillante que desprende el árbol. La humareda le va ardiendo en los ojos. Sabe que no se matará. Sabe que todo se ha consumido en el fuego. Ahhh, el fuego que lo puede todo hasta cicatrizarnos.
Un pájaro cruza la oscuridad .
Él sigue dentro de la noche. Devastado va quemando hoja por hoja los papeles que van cayendo de sus manos cual si fueran de plomo.
Bebe de a poco sus lágrimas que le salan los labios. Todo el moquerío que le va escurriendo de a poco.
El ave detenida en el árbol.
El humo anunciando el final, todo final, de la relación, de la noche, de las lágrimas, de la historia, de las letras marcadas en las hojas.
Las flamas mirándolo calmarse.
Se presiente que en cualquier instante puede amanecer.
servido por Adán
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4 Noviembre 2008
Tuvo que hacerse la desentendida la noche que Germán llegó a casa con Robin. Preparar la cena, lavar los trastos, sacar los botes de basura, cualquier acción la reconciliaba con esos restos del matrimonio y ella no estaba en disposición de volver a pelear. Mantenía en la mente el último disgusto que su esposo le ocasionara. Él había prometido llegar temprano a casa para que ella pudiera salir con su amiga Cristina, y esa noche se sentía hermosa para un encuentro femenino, tantas veces retardado. Contaba con una buena carga de plática, café, y que la noche hiciera efecto; las horas pasaban y Germán no aparecía. Y llega con ese perro sabiendo que apenas nos alcanza. Para Silvia no quedaban respuestas en la espuma, al lavar los trastos de cada comida, sino seguir el fingimiento para un hogar a punto de escurrir hacia el fregadero.
Germán y su orgullo, más poderoso que los estúpidos jefes que no tenía por qué soportar. A pesar de las cuentas vencidas, renunció al empleo del gobierno para crecer de manera independiente. El poco dinero de la liquidación los invirtió en un negocio que en menos de un año había dejado al matrimonio más quebrado que antes. Para entonces Silvia había conseguido trabajo en el despacho de un compañero de Cristina. Ya Germán tenía atravesada a esa “amiga” entre ceja y ceja: la muy puta siempre presumiendo.
Él se quedaba en casa prendido al ordenador, trabajando siempre, coño, crees que me hago pendejo. Silvia tuvo que ceder, era cierto que con un proyecto él podía alcanzar, en un mes, el sueldo que ella conseguía al año. Pero las oportunidades no caen del cielo: su carácter no ayuda, esa pinche manera de querer demostrar ser el gran chingón: La sociedad muñeca, la maldita sociedad no deja que yo avance. Has dicho tantas veces que use el sistema… Para ti es fácil, preciosa, la putita de Cristina, te ha resuelto la vida, sólo tienes que arreglarte bien, mover el trasero y cuidar que las tetas no se te caigan. No me empujes. Pues no me mires de esa forma que yo soy quien tiene que enfrentar la realidad. La realidad no es andar quejándote mientras yo pago las cuentas, piensa Silvia mientras va separando la basura. ¡Y ese pinche perro!, dónde carajo piensa... cómo cree que lo podremos mantener.
Los escarceos femeninos de Cristina tenían a Silvia al borde, ansiaba salir de lo cotidiano. Hacía tiempo que el orgasmo era una ilusión; los resoplidos de jabalí de su esposo y la falsedad de una sonrisa de parte de ella; sonrisa intacta y de alas abiertas: para no resaltar la humillación, cinco minutos y enjuagarse el semen con la regadera.
Esa noche Germán no llegó hasta las dos de la mañana y la despertó para que ella pagara el taxi. Adentro de la casa, Germán miró la computadora hecha pedazos, los papeles regados por el piso, y la sonrisa de triunfo en el rostro de su esposa hizo que el “hombre” reconociéndose perdido, se percatara de lo animal de su mirada sobre los ojos asustados de una Silvia cabizbaja, que tuvo que ceder a recogerlo todo, con el labio roto, mientras el otro se iba al patio a dormir la borrachera.
Ella no quiso hablar de divorcios ni separaciones, algo por fin se había caído. Por más que Cristina le brindó su apoyo para que se fuera de casa, ella se negó; quería que el tiempo dejara las cicatrices curarse. Se mantuvo en silencio y pensativa hasta ese día en que Germán llegó con Robin. El enorme animal era como otro ser humano. Se tenía que compartir el alimento con él, dividirlo en partes iguales, recoger sus porquerías. Y para colmo, además de los resoplidos de su esposo, debía asimilar el aullido del perro gimiendo por las noches.
Para Germán pasaron los momentos trillados del arrepentimiento: pude matarte, flaquita... para qué discutes con borrachos. Estuvo mal que me provocaras. Si quieres invita a Cristina a salir, vayan al cine, dile que venga a cenar. Silvia callaba. Debía encontrar algo que en verdad la hiciera sentirse dueña de sí. Se puso más hermosa para su esposo; le iba a entregar todo hasta que él dijera basta, y luego se burlaría. No intentaba recobrar algún tipo de reminiscencia romántica, sólo el puritito deseo que le animaba la carne. Seguir hasta encontrar ese poder que toda hembra tiene retenido entre los dientes: dime que soy tu puta, quiero sentirte muy adentro.
A Germán le fascinaba esta nueva etapa de su mujer. Era mentira eso de que a las chicas la ternura las derrite; su esposa no lo quería tierno, y él se creía un semidiós cubriendo su cuota de bestia y ángel sobre la piel de Silvia. Los días pasaron y los calores que inundaban el hermoso y endurecido cuerpo de su esposa no cedían, se habían vuelto más intensos.
Cuando el esposo comenzó a pretextar cansancio, Silvia siguió adelante: no hubo compañero de oficina que no estudiara su cuerpo. Hasta Cristina era parte de sus más predilectos sabores. Germán consiguió un proyecto que lo mantendría fuera de casa. Para Silvia fue el momento de invadir el templo. Cristina y ella se metían entre las sábanas del matrimonio, y todo este remolino de aromas les fabricaba un espanto en cada pared, en cada crujir de dientes; tanto, que hicieron crecer cada vez más los aullidos de Robin que corría a saltos en el patio de la casa. El olor que transpiraban le incitaba los deseos, porque el olor a hembra se escapaba de las sábanas, cruzaba los vidrios, los ventanales, hasta enredarse en la lustrosa piel del animal.
Así, bajo el intempestivo instinto de todo predador que no quiere permanecer domesticado, menos cuando el impulso de la trasgresión le arranca la tranquilidad, Robin brincó, una tarde, sobre la hembra humana que se paseaba desnuda por el patio, haciéndola caer boca arriba, y poniendo las patas sobre el pecho de Silvia, la penetro con su pene rosado de perro deseoso. Fue la sensación junto con la fuerza del animal, y el poder de la visión de tenerlo encima, de lo repulsivo que le pareció, que Silvia alcanzó el orgasmo, esa muerte pequeña, y luego vomitó.
Los aullidos de Robin le hacían rememorar. Recordó sus gritos; ya el perro ladraba y gruñía con furia protegiendo su presa, ya Silvia se contoneaba presa de la nunca reconocida libertad de ser hembra dominante. Ella sobre las rocas de un acantilado, el oleaje brama salpicando su rostro. Tuvo que levantarse de la cama y sentarse bajo la regadera restregándose el jabón.
Así, cada que Germán terminaba sus cinco minutos de gloria, ella cuajaba dentro del abdomen la risa contenida. Se metía al baño seguida del perro. Se amarraba un pañuelo en la boca para sofocar los gemidos, y se dejaba lamer y penetrar.
Y con la tradición, la cultura y transgresión que eso representa se dedicó a cuidar de la adorable mascota. Fue embebiéndose en esta conducta impropia, reconocible a través de los tiempos, desde el inicio del lenguaje; épocas remotas a que Silvia viajaba con cada espasmo, en el aliento denso, con la corta y lustrosa pelambre de la bestia, esa necesidad de sentirse protegida.
servido por Adán
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30 Enero 2008
Sofía compró los peces por que vio atrapada su angustia en esos ojos. Detrás del cristal de la pecera, esos globos saltones iban respondiendo las preguntas que ella acostumbraba hacer al vacío. Sintió como si esa vista acuática recorriera la piel, los párpados caídos, las mejillas tersas, hasta entrar por el costillar, golpear el plexo para que la respiración regresara intacta y poder sentirse viva.
La noche anterior a la compra, aún mantenía las marcas de insomnio en la cara por el terror a sentirse perseguida. Tenía razón la soledad: era prisionera y los reclamos continuos de su esposo la iban avejentando.
De aquel amor inaugural que la había enfrentado a sus padres, a los compañeros de escuela, no quedaba más que la sombra de aquel “Es mi decisión” y, ahora, los peces que una tarde de domingo compró en un bazar, cuando deambulaba por las calles, quizá para no pensar en los errores cometidos, ¿y qué son los errores sino la aproximación de la experiencia?
Sofía decidió quedarse en el parque a ver corretear las aves tras el alimento, huyendo de las manitas de los niños y sus voces agridulces. Esperaba que el hombre con el que vivía se calmara y le hablara al teléfono portátil. Mientras tanto dejaría que el calor la consumiera, ofreciendo el rostro al sol, sintiendo crecer las grietas del tiempo, como aquellos ancianos que lamentan su vida. Era preferible la violencia del astro a ser consumida por la angustia de estar en casa.
No importaba perderlo todo. Ese hogar que le habían adornado a su capricho, el auto deportivo, el cuerpo delgadísimo producto del gimnasio por las tardes y las clases de baile. Incluso el trabajo en las mañanas que de alguna forma le servía para huir del aburrimiento. Los múltiples regalos, todo. El hastío iba enredándose como nauyaca entre sus piernas, apretando el corazón con las escamas del tedio.
Tampoco importó la amenaza de divorcio. Él estaría con ella siempre. Lo había dicho en la iglesia junto con las promesas mutuas. Incluso lloró al ver realizarse el sueño de tener a la niña que siempre había amado, vivía para recordárselo.
Si a eso pudiera llamarse amor. Sofía quizá ya no lo intentaba, al menos ahora no quería hacerlo; no estaba segura si alguna vez aquel sentimiento de salir del hogar paterno fue amor por este hombre o simple arriesgarse a una vida nueva. Cómo llamarle a la relación que los mantenía juntos: “No eres mi dueño”, le decía después de cada pleito.
Pero sabía que Pedro estaba conforme con lo poco que ella le daba, aquel hombre de cejas cerradas, dientes apretados y pómulos secos sólo necesitaba saber que al menos él la amaba y eso, ni ella ni nadie podría evitarlo: “Te lo doy todo, vivo queriéndote, y nunca voy a permitir que te vayas”, decía la voz por el teléfono, y Sofía se secaba las lágrimas al regresar a casa. Permanecía detrás de esa muralla de recuerdos con que aquel ponía candados a sus movimientos exteriores.
De regreso a casa Sofía anduvo cinco cuadras para llegar al parque donde se exponía la venta de animales para mascotas. Miró un conejo. Sostuvo en sus manos a un curie. Se quedó atrapada en el verde plumaje de los loros, y la escandalera de los periquitos australianos la arrancó la risa casi en el olvido.
Entre jaulas, ladridos y pelos de gato, escuchó la voz sobre los tímpanos. Su propia voz, esa que había querido mantener encerrada y que desde el reflejo del vidrio de la pecera le hablaba por medio de esos ojos saltones de los peces dorados.
La diminuta voz se revolvía sobre esas tonalidades naranja, dentro de la azulosa agua. El piso de piedras de colores opacos desprendía su burbujeo de oxígeno. Las aletas y la cola como un plumero iban barriéndolo todo. Ese parloteo respiratorio que fingían en la boca. Los peces dorados la miraban con sus ojos acuosos, en cuya oscuridad Sofía observó su alma arañando la superficie. Era ella presa dentro de esos ojos. Presa dentro de la pecera, en su propia casa, dentro de su cuerpo.
A dónde huir, como sostenerse si él siempre se ha encargado de todo. Desde que Sofía terminó la escuela entró a la oficina y el trabajo se lo había conseguido un amigo de su esposo. Pedro la llevaba y la iba a buscar sin contratiempos. Ni un minuto más en la oficina después de la jornada.
Ahora, con la pecera en el sitio que le había escogido, cerca de la ventana del jardín, permanece horas, sentada, mirando el ondular de sus dorados cuerpos, los flecos de sus aletas, el remolino que forman con su respiración.
Y allá en el fondo de los ojos mira el encuentro con su amante. Las escapadas por las tardes cuando su esposo trabaja. Invitarlo a casa y manchar las sábanas del matrimonio. Aquel amor que pronto se hartó de la indecisión y se fue diciendo: lo tienes todo menos aventura, eres una niña que sólo está aburrida, por eso no tienes intención de rescatar tu vida. Y después del No te vayas, recuerda la respuesta: Ya vendrá alguien más.
Y tenía razón, las imágenes se precipitan entre las burbujas: el rostro de otros hombres le hacen gritar al espejo, pintarlo con labial, romperse las uñas intentando abrir las puertas del hartazgo del que tal vez no ha querido huir. Las persecuciones con que sueña, amenazada: siempre te voy a buscar, a donde vayas. Y el dolor de nuevo en las muñecas, moradas por los apretones.
Sofía ha permanecido junto a la pecera todo el día, quieta, absorta, comiendo yogurt con miel y bebiendo pequeños sorbos de te de jazmín. No piensa más que en la voluntad de sentirse viva, y el sexo no ha sido esa posibilidad.
Ha paseado por la casa reconstruyendo cada adorno y el momento de adquirirlo, cada historia con esos hombres sin rostro. Empaca sus cosas en un maletín de cuero y regresa junto a la pecera.
Mira los peces ir y venir en el encierro del cristal. Su esposo llegará en cualquier momento, con su cara de felicidad por verla sobre la cama, doblegada. Durmiendo o llorosa con el insomnio de siempre. Ya no será así.
Baja de nuevo, corta una fruta y se queda mirando a los peces dorados, no quiere huir a escondidas, quiere verlo de frente y decirle adiós.
Ha apagado todas las luces de la casa para no mirar el cadáver de la tristeza que se derrama por la escalera. La puerta pronto dejará caer los cerrojos que anunciarán su llegada. Su partida.
Quita el oxígeno a la pecera, y mira como la respiración de los peces dorados empieza a atragantarse. Engulle la pulpa de la fruta. Se queda fija en la mirada de los peces y ve extinguirse la luz de esos discos jugosos donde se petrifican los colores y se abandonan los brillos. Para Sofía el pasado ha muerto con los peces.
Pronto la puerta se abrirá.
Allá va. Es él, ha llegado. Gira el picaporte.
Sofía se levanta con decisión. El maletín de cuero en la mano. Su futuro relumbra en el cuchillo que se ha quedado entre las cáscaras y el bagazo de la fruta, ahí, sobre la mesa.
servido por Adán
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30 Enero 2008
Silvia se concentra en la abertura de sus poros. El agua ha hidratado su piel, y el jabón le ayudó a retirar el exceso de grasa que le daba brillantez. Se siente opaca, traslúcida. Mira su reflejo e intenta reconocer el rostro descolorido, ya sin luz ni ánimo para ir más allá, seguir esta carrera que le ha arrebatado los años. Al atardecer se deshará de las imágenes de sí misma, ahora prefiere concentrarse en esa piel sin brillo, lisa y humectada. Ser ella una vez más, real y sin engaños, como en el nacimiento, volver a sentir aquello que alguna vez pudo ser inocencia, en el principio de la vida, aunque sea los últimos instantes que le quedan.
Sabe que llegarán, vendrán por ella, que su Gustavo no podrá defenderla. No podrá interponer el cuerpo ante esa bala que, igual lo sabe, viene marcada para ella, para Silvia y sus historias, para Silvia y esos rostros que ha sido alguna vez, bajo las pelucas y el maquillaje, en algún país, en alguna frontera, en el engaño que le brindaba la oportunidad de saberse viva, que sin embargo siempre le hizo añorar algo, eso que ahora confirma al verse al espejo sin pintura, con las células de la dermis limpias, ser ella de nuevo.
Gustavo tuvo su propia bala, muy justa y certera, inolvidable, y se desmoronó como una montaña hasta los pies de Silvia. Los borbotones de sangre no dejaban de salirle del cuello.
Ella miró los ojos de su amante oscurecerse. Crecer el disco de sus pupilas, su terror ante la muerte que movía su manto por encima de las cabezas. Quiso reconocerse en esos ojos, en ese rostro bello que no tuvo tiempo para llorar, que no tuvo oportunidad de arropar con besos de despedida, no pudo, el disfraz que llevaba se lo ha impedido, siente que el rencor la golpea al no decir adiós con su propia personalidad.
Tuvo que huir porque él se lo exigió. Y aunque no puede estar segura de su muerte, no sabe con certeza cual fue el desenlace, corrió por la ciudad con las luces mercuriales marcándole el paso. Él tirado en el pavimento durante la carrera. Silvia quiere convencerse que Gustavo no murió esa tarde, mientras los minutos de ausencia llegan plenos a morderle el alma.
No paró de correr hasta esta mañana que ha decidido no huir más, y esperar que toquen a la puerta, ver de nuevo a Gustavo aparecer con su sonrisa, los ademanes de macho conocedor del mundo que tantas veces la orillaron a trasnochar el deseo; o quizá lleguen aquellos que le arrebataron la felicidad, y esa vida que arriesgaron para vivir juntos.
Mira sus dedos recorrer los recovecos de su anatomía. Centímetro y centímetro de historias, pieles y violencias disipadas ahora por el agujero del drenaje, junto con el agua que le ha arrancado los últimos sudores y esa sangre de las manos, el aroma, ese rostro descompuesto del amante y su última mirada, no fue tristeza ni miedo, era una mezcla de sentimientos que significaban sueños rotos: Que nunca te alcancen, has que valga la pena.
Sentada en el banquillo del tocador, la memoria de Silvia empieza a jugar su última partida. Ahí está de nuevo el rostro de su padre, el tufo que le rodeaba cada noche, mientras ella, desde su colchón, daba la espalda a los bultos que se retorcían con furia, al otro lado del cuarto sucio y mal iluminado. Se le quedaron grabados los gritos de su madre, mientras ocultaba el rostro bajo las almohadas.
Ahí esta de pie recargada en un poste, a la espera de clientes, mirando el avanzar lento de ojos que calculan su carne, miradas que soban sus pechos diminutos. Pasan los automóviles en cámara lenta. Así pasan los recuerdos y los aromas de la calle que se filtran hasta Silvia. En esa esquina se observa fatigada, con la furia en cada chupada a los cigarrillos. Apenas unos meses que ha dejado atrás a la pandilla de la infancia.
Y las balas zumban en sus oídos, entran los ruidos de la ciudad hasta su habitación oscura. El sol es sólo una silueta detrás de las nubes que comienzan a juntarse. Silvia enciende la luz y mira la blancura del cuarto. Las paredes, el piso y el techo como un augurio impuesto en el cuidado de su carne tras el baño. Por lo menos esta última vez, ya sin Gustavo, ha querido reconocerse como es para que él la mire tierna, como siempre quiso.
Con los ruidos se filtra el viento, el sonido monótono de los insectos del agua atravesando el umbral de la ventana para volar cerca de los oídos, esas balas que zumbaban mientras escapaban por las calles, ella de la mano de Gustavo, colgados de la adrenalina, compartiendo los demonios que retumban de miedo en el interior del pecho.
- Ya no podremos dejarnos- se dijo mientras reposaba el rostro en el pecho de Gustavo, ahí en la oscuridad de aquel callejón que habían habilitado para pasar las noches, retirados de la tribu, construyendo su intimidad.
La tribu la formaban con esos mocosos delincuentes con quienes todo, desde que abandonó la casa familiar, era un ritual y un juego, planear ser partícipes de las emociones fuertes, jugar a sentirse vivos. No había oportunidad de perder, fallar era inapropiado. Sólo la muerte indicaba el fracaso. Y en ese arriesgarlo todo se les iban los días de la supervivencia. Conocía las reglas, no había que rajarse ahora.
Con el rostro pintado de negro asaltar a los ancianos y a las mujeres que solitarias pasean por las calles, al salir de las oficinas, rumbo a casa. Y estos mocosos que no tienen hogar más que el pavimento. Ella y ellos desamparados bajo las luces mercuriales, sobre las bancas de los jardines públicos. En el uso continuo del pasamontañas. Deformaciones faciales que genera el uso de la pantimedia para no ser identificados con facilidad, asaltando tienditas de videojuegos, escuelas, dulcerías.
Luego la correccional y el rostro manchado de sangre. Silvia reconoce cada cicatriz sobre su cuerpo mientras va pasando los dedos.
Eran sus hermanos desde que huyó de casa. Mamá había muerto, a qué quedarse. ¿A ser la sirvienta del gordo ebrio? Su pestilencia rozando las mejillas. Era mejor la calle.
Pero esos chiquillos que la acompañaban se han ido, en un maremoto se los ha tragado el mar de la indiferencia. Silvia seguía fiel a su esquina. Ahora sus compinches vuelven cargados de furia. Ella no quiere huir más. Sentada frente al espejo contempla sus manos, los poros abiertos.
Se hizo invisible corriendo entre carros que no abandonan el asfalto ni dentro de las pesadillas. Solos contra el mundo, que se ha lavado las manos cerrando ojos y oídos. Guardando el alma y la caridad para la fotografía del periódico.
Dentro de la alcantarilla eran otra tribu de malvivintes para la ciudad atiborrada de historias. Ahí descubrió a Gustavo con sus ideas de salir a la luz, robar no solo por droga (eso era lo natural, lo cotidiano), robar para irse del mundo, construir su propia vida, servir de mulas, de burritos, darse a notar. Demostrar y mostrar que no puede haber dudas, que no puede haber remordimiento, y así, mostrándose en las calles, ya sólo eran dos, Silvia y Gustavo para ser correspondidos por los narcos y ayudar al imperio sirviendo en las calles, junto a las escuelas, en las discos, salir de las ciudades, distribuirla, esconderla, curarla, entregarla a quien la necesite. Imperio de violencia contenida, donde la voz de la metralla y el coraje de arriesgarlo todo son lo único que importa.
Se mira en silencio con las manos en el tocador, sentada, su rostro reflejado por última vez, quiere sentirse real, no seguir huyendo de ella misma. Las manos de Gustavo le acarician el cuello, ella se deja tocar por ese fantasma, por la sensación de niebla que le va subiendo las pantorrillas.
Se levanta sacudiendo la memoria y camina hacia la ventana del apartamento, deja entrar la tímida luz que el día nublado enseña y el aire fresco que casi no recuerda, siempre ha sido la polución sobre su piel.
Es una mujer más en una ventana. De las de este edificio, de los otros edificios. Eran los edificios oscuros ante sus gestos de niña, ¿cuántas mujeres en una ventana? ¿cuántos rostros huyendo de sí mismos? Gustavo huyendo de los judiciales. Ella y él huyendo de sus antiguos hermanos de la alcantarilla que por lana, ahora quieren acabar con ellos.
Han puesto precio a su cabeza. Ya no son parte de la tribu. Dejaron de serlo al construir su propia intimidad, trazaron una línea fronteriza, una división imperdonable, y es que de la invisibilidad no puede uno salvarse. Tienes que seguir siéndolo hasta la muerte. Esa celosa entidad te perseguirá con su traje de codicia, envidia tatuada en las mentes que no te dejarán descansar.
Y Gustavo y Silvia no tenían descanso, detrás de la admiración estaba el enojo de no soportar su relación, su figura dual, dualidad en la que eran irreconocibles como seres individuales, no individuos independientes, crecimiento mutuo, lejano ya de las alcantarillas. Por eso le dolió tanto dejarlo abandonado en el pavimento, una parte de Silvia quedó ahí varada, una parte de Gustavo se mira en el espejo.
Todo por no entregar la última ganancia. Por querer seguir solos, creer que lo pueden todo y lo podían todo: huir hasta las nubes, encumbrarse.
Se mira ahora inundada de otros nombres, cercada por rostros que son ella misma, los carnets, los pasaportes, tantas personas que ha sido; ya no sabe si Gustavo es Pedro Escobar, si ella no pudo haber sido la ejecutiva Mónica Suárez que atravesó tantas fronteras, tantas aduanas en busca del descanso, de apartar el miedo.
Pero Gustavo ya no está, al menos no en este apartamento, queda su sangre en esta ciudad donde al fin ella detuvo la carrera. Se quedó tirado en la calle mirando el cuerpo de Silvia hacerse pequeñito mientras se alejaba. ¿Habrá grabado esa imagen? ¿Tendrá memoria la muerte?
Sólo es ella esperando, esperando que por fin lleguen. Esperar nunca ha sido tan fácil como ahora. Que llegue la hora y el avión abra sus compuertas, los asesinos bajen a tierra, recorran las calles como, con seguridad, se las han indicado.
Subirán por las escaleras hasta hallarla sentada en el departamento, con los trozos del espejo regados por el piso. Primero pensó en apuntar la pistola sobre la puerta y llevarse al primero que entrara, luego decidió esperar que entren y pegarse un balazo con el cañón dentro de la boca, ahora ha tirado las balas por la ventana. Quiere estar desnuda con la cara limpia de frente a sus asesinos. Dejarse morir sin poner resistencia. Quizá así pueda alcanzar a su Gustavo, o mejor aún, quizá Gustavo entre malherido y le llene el cuerpo desnudo con su sangre y el latido de sus labios.
Saca las credenciales y las expone en abanico sobre el colchón de la cama, las va escorando de acuerdo con los momentos vividos, quiere negar que sucedió aquello que le hizo tener temor por primera ocasión, quizá la única, encarar el rostro de la violencia que fue capaz de brindar, que supo y reconoce es capaz de ejercer: la niña muerta que le recordó su vida, los sirvientes de la mansión donde los había instalado los narcos; pero aquellos infelices sirvientes desaparecieron como los extras de las películas, sin que a nadie les importara su vida, había que huir sin dejar testigos, escapar con una identidad nueva sin dejar lastres, escapar con el botín cobrado.
Gustavo no tuvo piedad, ni ella que lo siguió sin mirar atrás, por el miedo de esos ojos que perdían los colores, que abandonaban los brillos hundiéndose en la muerte, esos segundos que aún la persiguen en las pesadillas, como luego sucedió con los ojos de Gustavo oscureciéndose mientras el rostro de ella iba desdibujándose sobre las pupilas del amante. Mientras Silvia se hacía diminuta al emprender la carrera y abandonar al amante moribundo.
Espera y mira su piel, las heridas en las muñecas. Le duele la nariz, le pica el recuerdo de la pimienta y el agua mineral que en la correccional le metieron para educarla. Estaba desnuda colgada de las manos. Todos los oficiales comiendo de su carne con la vista, con los dedos, con la lengua, era una mercancía para ser usada, una vulgar rapazuela que debía ser arrancada de la sociedad.
Y los mismos asesinos que ahora espera sentada junto al espejo, fueron quienes pagaron su libertad. Había que ser fieles, pero ella sólo podía serle fiel a Gustavo, por eso lo siguió, por la esperanza de la niñez de encontrar un nuevo mundo y esconder para siempre su vida. Construir una familia verdadera, la que nunca tuvo.
Los autos pasaban por su esquina, aquella esquina que Gustavo le escogió para llamar clientes. Los esperaba, entraba a los carros, y en vez de ofrecer su carne, ofrecía las pastillas, las bolsitas de coca, y escapaba limpia de las redadas. Gustavo siempre sabía como escabullirse, por eso se fijaron en ellos, por eso el cartel decidió que fueran parte del imperio, les pusieron casa, les dieron nueva vida, pero no dejaban de ser esclavos, y a Gustavo como a ella no les gustaba obedecer.
Ya no hay nadie. No queda nada por qué luchar, no más ideales que seguir. Sólo es ella esperando en la blancura de una habitación rentada.
Se ha nublado afuera, adentro de ella ya estaba nublado desde su llegada. El aire ha comenzado a enfriarse, los pezones crecen, y ¿dónde esta la lengua de Gustavo? Sus dedos que hieren como vidrio.
Está su padre, de quien huyó para no ser la mujer que a él le hacía falta al perder a la esposa. ¿Y por qué se fue su madre? No pudo entender en ese entonces la muerte. Y luego, con el cuerpo moribundo de Gustavo entre sus manos, mirando su imagen desaparecer en las pupilas, sigue sin entenderla. ¿Podrá entender la propia?
Una bala le destrozó el rostro a su amante. Su Gustavo, su Pedro Escobar, su luz, ese refugio cálido.
Está sola, con su imagen verdadera en el espejo.
En su escondite, madriguera de recuerdos, covacha infame que no protege la memoria, donde no ha podido aislar los recuerdos, no pensar en la infancia, ni en la huida, estar preparada, concentrarse en la entrada del proyectil hirviendo que horadará su cuerpo limpio de historias. No pensar en Gustavo, olvidar su ardiente cuerpo y quedarse callada, libre de lágrimas, sin miedo, esperando perder al fin su rostro, esos gestos que nada significan.
No se reconoce sin pintura, ha sido tantas cosas en su vida, ha vestido máscaras hasta el hartazgo. Por eso quiere admirar sus facciones sin maquillaje, es un último descanso antes de encontrar el otro mundo, ese otro estado físico que Gustavo le contaba dentro de la oscuridad de las alcantarillas, en el callejón que juntos escogieron, ese mundo nuevo en el que sólo viven las cosas que uno quiere que existan. Donde cimentaron esperanzas. Allá la esperará su madre, su propio Gustavo, su propio ser ella para siempre, libre de pasados y reminiscencias.
Deshace la maleta, tira al suelo la ropa. Muchos rostros la contemplan, ha roto el espejo. Ahí esta ella de niña corriendo por las calles mientras cae la lluvia, huyendo de la policía. En la esquina de los clientes, en el callejón, bajo el peso de su padre, es Mónica de nuevo, es un rostro desencajado por las lágrimas. Es la niña muerta, alguna sirvienta que quedó tirada en la mansión, es ella golpeada por la justicia.
La lluvia cae. Con ella se lavan las historias de la ciudad. Todos se guarecen. Se cierran las ventanas de los edificios. Golpean la puerta.
servido por Adán
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30 Enero 2008
Ya no recorrerá la casa con esa lúgubre silueta por ser introvertida. El hospital y sus olores característicos le dan tranquilidad. Saca del bolsillo derecho de su bata clínica, el bilé que siempre la acompaña, se remarca con negro los labios, con ese gesto se siente protegida y poderosa. Su imagen oscura le queda bien en esta fase. Ahora sabe que todo lo puede.
Será cuestión de acostumbrarse a esta calma. Se dispone a pasar el tiempo, paladeándolo. Lo tendrá de sobra, en esa casa que será solo suya, o de quien quiera compartir con ella, quizá Enrique, quizá, o algún otro que aún no despliega su rostro en el cerebro. La han dejado en paz y el futuro es un camino allanado.
Desde la infancia supo que era diferente a la igualdad física que le mostraba el rostro de su hermana, y quiso mantener, a toda costa, esa sensación de ser única; Annie nació unos minutos después que ella y cuando tuvo conciencia, supo que les habían dividido el alma. La odió en silencio.
A su mente llega la estampa de esos tres rostros que la han ido cercando año tras año, ahora desleídos, detrás de las puertas que no dejan escapar sonidos: la futura psiquiatra pudo descubrir a tiempo los signos de la enfermedad: La mancha simultánea del silencio marcada en la silueta de su gemela, que se cubre con las sábanas del hospital. Los gestos de su madre, arrastrada por la angustia, los ojos como gotas de aceite en un charco. La mirada silente de Ricardo, cargada de espejismos. Todo ha sido una rutina de golpes en las paredes, la furia contenida por los medicamentos. Teresa se detiene, ¿tiene dudas? No. Quiere disfrutar su libertad, se ha librado de ellas y de él.
Su madre no pudo entender las diferencias entre sus hijas. Estaba convencida que el juego genético del gemelismo le permitiría sentirse más madre que las demás, y tendría razón en quererlas idénticas siempre, en las vestimentas, los cortes de cabello, la misma escuela, compartir la habitación. Todo se complicó cuando la pubertad entregó sus aromas y estilos: Annie con el halago de los que la rodeaban, Teresa percibiendo el mundo en tonalidades grises, separándolas de golpe.
Camina despacio por el corredor del hospital. Sus voces internas le hablan de la superioridad que ostenta al reconocer la locura de los otros, ha valido la pena desgastarse las pestañas. Al final del pasillo la espera Enrique, el cigarro en los labios, con el humo se elevan sus gestos medidos, los músculos del rostro tensos, su humor repentino que la devasta.
- ¿Todo listo?
- Liquidado.
A los doce años vino la enfermedad de Annie, el silencio paseando por la casa de puntitas, tocando el hombro de los personajes. La sensación que dejaba el roce de la muerte en cada músculo. Teresa mirando su imagen en el rostro de su gemela, en ese cuerpo hirviente de la chica, anhelando su final. La madre ardiendo en oraciones, burbujeos de plegarias por la hija, unos minutos menor.
- Lo eres todo, resiste- dijo la madre y con ello alejó los pasos de la hija mayor hacia el pasillo, del pasillo al cuarto, del cuarto hacia el interior de si misma, hasta sentir la soledad meterse en los huesos. La muerte comenzó a reírse de ella, con esos dientes blancos de muerte pura. Estridentes carcajadas se burlaban en el espejo, la perseguían, y ¿quién escucharía su desesperación si no existía en esa casa? Tuvo que apretar la almohada contra el rostro, rezar las fórmulas que le enseñaron en el catecismo para que las voces cedieran. Pero regresaban constantes, crecían con ella, y tuvo que acostumbrarse. Annie no murió, y en Teresa la mirada se guardó, seca, en sus adentros.
Luego apareció Ricardo con sus gestos de niño consentido, y la mujer que se va deshaciendo de la bata clínica para subir a su carro, guardando el bilé en el bolso, (siempre a la mano), reconoce que desde temprana edad todo lo juzgaba a través de los rostros que de ella misma se había inventado; discutió noches enteras la posibilidad de abrir el muro y permitir la entrada de aquel chico a su vida: ¡Estás loca! ¿Si nos descubre? ¿Quieres que sepa de nosotros y nos eche de tu lado? ¿Te hemos hartado, Teresa?, ¡Queremos apoyarte!
- No es que no las quiera, pero quiero encontrar alguien más.
-¿Para qué, te aburrimos?
- No es eso. -Y la razón pudo más, ellas pudieron más, clausuró sus pensamientos. Ha atravesado el estacionamiento con Enrique siguiéndole los pasos.
Ricardo no pudo romper las barreras que Teresa había puesto. Ella lo escuchaba con desgano, hasta con fastidio, escondiéndole su mundo, fuera de él y de todos. ¡Déjalo, es un tonto! Le decían, se decía mirándose al espejo.
Enrique la toma de la mano, le ayuda a subir al carro y cierra la portezuela, va hacia el lado del copiloto y se sienta a su lado; ella sigue pensando en el rostro de la madre, los ojos encendidos por el horror. ¡Nunca olvidará esos ojos!
- Deja que el tiempo lo arregle todo -decía Enrique y Teresa recorrió con la vista su cuerpo adelgazado, lo miró por el retrovisor y tragó silencio, ¿para qué verter nuevas palabras si ya estaba todo dicho? Ella mirará el futuro como una pluma que se eleva al aire. Enrique paseará con ella. Al fondo de la memoria quedará esa familia con la que creció por veinticuatro años. Estupefactos, confundidos por el efecto de las medicinas que Teresa les ha suministrado.
Fueron años de sentirse perseguida por el grillete social que su madre quería imponerle. No te conoce como cree; se fuerte y piensa: todo es un juego de ciegos, se guían unos a otros por intricados laberintos, le dijo Enrique al aparecer. Y era cierto.
Teresa habitando los recovecos de la inteligencia, las lecturas le han abierto el mundo. De niña la biblioteca cercana a casa, ya joven los encierros en el baño por la madrugada para descubrirse en las historias que le parasitaban el cerebro. Muchas veces detenía sus charlas con los suyos, que la entendían, si Annie o su madre entraban a su recámara.
- ¿Por qué te encierras? –Teresa sólo sonríe, no pueden saber qué se siente estar inundada de pensamientos.
Annie lo presentía. Algo le hacía sentir los temores continuos de su hermana. Sentía que la soledad de Teresa igual la iba consumiendo; se resistió a dejarse y quería que su hermana escapara de esa agonía. Pero no supo cómo acercarse. ¿Cómo hablar con alguien que siempre está a la defensiva?
- Cuéntame qué pasa.
- ¿De qué hablas? Averigua qué pasa contigo.
- Cada día estas más rara.
- Lo mismo digo.
- No sales. Este cuarto tiene un olor a...
- Nadie te pidió que entraras.
- Debes de salir con alguien...
- No necesito lo mismo que tú, entiéndelo de una buena vez.
Y pudo verlo, su madre, su hermana y Ricardo, eran presa de alguna de las enfermedades que sus revistas de ciencia señalaban. Enrique se lo había intentado hacer notar, pero ella no quería creerlo, ahora se ha convencido. Tiene que esconderse, buscar la forma de ayudarlas, pero antes tiene que protegerse de que ellos le hagan daño.
Su cuarto era territorio sagrado, ahí tenía todo lo que necesitaba, sus libros, las revistas de ciencia, y desde hace unos meses la voz y la presencia de Enrique.
- Habla tanto de él y no quiere que lo conozcamos. ¿Algún maestro? –discutían Annie y su madre, ella cerraba la puerta rápido para que no se dieran cuenta que las oía.
Enrique apareció el último año de la carrera. Fue mutuo el reconocimiento de las intenciones para la vida. El silencio puntiagudo. Su continuo pasearse en los jardines, la burla de los estudiantes. Mirada dura y ausente, labios apretados, en todo había reconocido Teresa un poco de su intimidad.
- Somos iguales.
- Odio que digas eso, es de lo que he huido siempre.
- Tu gemela no es como tú. Pero nosotros somos iguales.
No por casualidad Teresa escogió la especialidad de psiquiatría. Ha logrado darse cuenta a tiempo de los males que aquejan a su familia y a Ricardo; esa locura primigenia con el encierro podrá tratarse, y hay posibilidad que logren recuperarse, ha dicho el director del hospital. Como su ayudante, Teresa ha mostrado los avances de sus estudios, su dedicación con los enfermos le ha valido el reconocimiento y la confianza.
- Creo que nunca he platicado tanto.-le dijo Enrique al terminarse el café y quedaron de verse al día siguiente, y al siguiente. Se contaron las frustraciones mutuas, y Teresa se descubrió intoxicada: alguien, al fin, que podía enseñarle.
- ¿Y Ricardo? ¿Qué harás con él? -Que puede importar Ricardo, ese estúpido del mundo pop, tan fuera del sendero que se ha trazado. ¡Cállate, que te gustaba Ricardo! Claro que no. No hagas caso Tere, no sabe lo que dice.
- ¡Cállense todas! -Y desde entonces sólo fue Enrique
Ha sido fácil diagnosticar a los que la persiguen. En sus gestos y ademanes se palpa la posibilidad del trastorno de los sueños, la repetición de las formas verbales: amor al poder, a sobresalir, a destacar. Ansiedad que causa frustración. Las fallas anatómicas producto del mestizaje. Los continuos fracasos amorosos de su hermanita. El desencanto, la lujuria, la búsqueda del sexo fácil, esa paz efímera a través del arrepentimiento y la penitencia religiosa. ¡Tantos años lleva su madre disculpándose por todo, temiendo castigos después de la muerte! Todo le ha llevado a mirar con detenimiento y sorprenderse: ¡Tenías razón, Enrique!
Annie y los sobresaltos nocturnos, su madre y los continuos orgasmos que le brinda la masturbación. No se detienen, corren precipitadas. Se han vuelto conejillos de indias en los apuntes de Teresa. Ella y el orden establecido que le ha enseñado Enrique: tomar notas y ofrecer hipótesis. Sólo falta la comprobación de sus ideas.
Mientras coge con Enrique, frente a los espejos que ha dispuesto en la sala, reconoce que la lujuria y la decadencia son el grillete para las conciencias (¿para qué el arrepentimiento?): Annie y las voluntades animosas de su carne blanda, la madre mirando el atardecer de su vida que su cuerpo siempre quiso evitar, Ricardo en la necesidad de satisfacer pasiones. A Teresa el cuerpo etéreo de Enrique le basta.
Al mirarse la piel sudorosa, puede sentirse Annie por las similitudes, el rostro idéntico en el espejo, quizá alguna vez pruebe a emular sus gestos y salga a la calle a divertirse con los amigos de su hermanita. ¡Ni cuenta se darían! Quiere sentirse su propia madre en la agonía de las necesidades. Le queda disfrutar el miembro que la penetra. Quisiera penetrar una linda virgencita, sentirse un poco el pobre Ricardo.
Annie no alcanzó a decir palabra, los gemidos del orgasmo quedaron atrapados por la mordaza y las cuerdas que unieron su espalda y nuca a las de Ricardo. Las miradas cavilosas de Enrique resbalando por las paredes. Junto con Teresa los han sorprendido teniendo sexo. Luego vino el martillante juicio del ¿por qué lo haces? No hay respuesta, somníferos obligados, desatarlos y despertar en el siquiátrico.
La madre llegó histérica al hospital. Teresa la recibió en la oficina del director. Todo estaba preparado; el doctor ha confiado en su alumna, y sucedió tal como Teresa se lo había dicho: se pondrá histérica, estallará en la paranoia.
- Espero que no se afecte tu trabajo, quiero que te titules rápido. Has hecho bien. Hacen falta muchachas como tú, que tomen en serio la profesión. –le dice el director dejándola a cargo.
– Estarán bien. -ha dicho Enrique atrapando su cabello entre los dedos.
- ¡Qué importan! Sólo quiero terminar a tiempo la tesis.
Enrique y Teresa los cuidarán hasta que ella acabe el posgrado. Ella arquea las espaldas cuando le llegan al fondo. Aprieta las piernas sobre el torso de Enrique: yo te cuidaré, es la promesa. Teresa mira el espejo, se siente un poco Annie con su mismo corte de cabello. No alcanza a ver el vibrador pero lo siente completo en sus internos. Con una mano continúa masajeando su cuerpo, la otra hace entrar y salir el instrumento. Se mira lúcida y completamente sola, contorsionándose frente a la mujer del espejo. La voz de Enrique le dice cuánto la necesita y ella baja la otra mano a su vagina. Acá estoy. Sola. Para tí. Contesta poniendo los ojos en blanco.
servido por Adán
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30 Enero 2008
Todas las niñas leopardo avanzan por los corredores. Todas las niñas tigre suben las torres de la iglesia dispuestas a la cacería. Todas las caricias garra fecunda de sodomizarnos. Mirar la niña de las trenzas, su destino de cuervo a sorbitos. Su metamorfosis en el borde de la cama. Su metamorfosis en el canto del machete. Su ser crisálida que se destapa el coño dulce. El coño sin vellosidades y el antojo de ser grande. Grandes las manos, grandes los miembros rutilantes. Grande el sol que gira sobre sus senos y ellas van trazando estrellitas en sus brazos. Van pintándose el rostro en busca del grito disecado.
servido por Adán
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14 Noviembre 2007
Ya no recorrerá la casa con esa lúgubre silueta por ser introvertida. El hospital y sus olores característicos le dan tranquilidad. Saca del bolsillo derecho de su bata clínica, el bilé que siempre la acompaña, se remarca con negro los labios, con ese gesto se siente protegida y poderosa. Su imagen oscura le queda bien en esta fase. Ahora sabe que todo lo puede.
Será cuestión de acostumbrarse a esta calma. Se dispone a pasar el tiempo, paladeándolo. Lo tendrá de sobra, en esa casa que será solo suya, o de quien quiera compartir con ella, quizá Enrique, quizá, o algún otro que aún no despliega su rostro en el cerebro. La han dejado en paz y el futuro es un camino allanado.
Desde la infancia supo que era diferente a la igualdad física que le mostraba el rostro de su hermana, y quiso mantener, a toda costa, esa sensación de ser única; Annie nació unos minutos después que ella y cuando tuvo conciencia, supo que les habían dividido el alma. La odió en silencio.
A su mente llega la estampa de esos tres rostros que la han ido cercando año tras año, ahora desleídos, detrás de las puertas que no dejan escapar sonidos: la futura psiquiatra pudo descubrir a tiempo los signos de la enfermedad: La mancha simultánea del silencio marcada en la silueta de su gemela, que se cubre con las sábanas del hospital. Los gestos de su madre, arrastrada por la angustia, los ojos como gotas de aceite en un charco. La mirada silente de Ricardo, cargada de espejismos. Todo ha sido una rutina de golpes en las paredes, la furia contenida por los medicamentos. Teresa se detiene, ¿tiene dudas? No. Quiere disfrutar su libertad, se ha librado de ellas y de él.
Su madre no pudo entender las diferencias entre sus hijas. Estaba convencida que el juego genético del gemelismo le permitiría sentirse más madre que las demás, y tendría razón en quererlas idénticas siempre, en las vestimentas, los cortes de cabello, la misma escuela, compartir la habitación. Todo se complicó cuando la pubertad entregó sus aromas y estilos: Annie con el halago de los que la rodeaban, Teresa percibiendo el mundo en tonalidades grises, separándolas de golpe.
Camina despacio por el corredor del hospital. Sus voces internas le hablan de la superioridad que ostenta al reconocer la locura de los otros, ha valido la pena desgastarse las pestañas. Al final del pasillo la espera Enrique, el cigarro en los labios, con el humo se elevan sus gestos medidos, los músculos del rostro tensos, su humor repentino que la devasta.
- ¿Todo listo?
- Liquidado.
A los doce años vino la enfermedad de Annie, el silencio paseando por la casa de puntitas, tocando el hombro de los personajes. La sensación que dejaba el roce de la muerte en cada músculo. Teresa mirando su imagen en el rostro de su gemela, en ese cuerpo hirviente de la chica, anhelando su final. La madre ardiendo en oraciones, burbujeos de plegarias por la hija, unos minutos menor.
- Lo eres todo, resiste- dijo la madre y con ello alejó los pasos de la hija mayor hacia el pasillo, del pasillo al cuarto, del cuarto hacia el interior de si misma, hasta sentir la soledad meterse en los huesos. La muerte comenzó a reírse de ella, con esos dientes blancos de muerte pura. Estridentes carcajadas se burlaban en el espejo, la perseguían, y ¿quién escucharía su desesperación si no existía en esa casa? Tuvo que apretar la almohada contra el rostro, rezar las fórmulas que le enseñaron en el catecismo para que las voces cedieran. Pero regresaban constantes, crecían con ella, y tuvo que acostumbrarse. Annie no murió, y en Teresa la mirada se guardó, seca, en sus adentros.
Luego apareció Ricardo con sus gestos de niño consentido, y la mujer que se va deshaciendo de la bata clínica para subir a su carro, guardando el bilé en el bolso, (siempre a la mano), reconoce que desde temprana edad todo lo juzgaba a través de los rostros que de ella misma se había inventado; discutió noches enteras la posibilidad de abrir el muro y permitir la entrada de aquel chico a su vida: ¡Estás loca! ¿Si nos descubre? ¿Quieres que sepa de nosotros y nos eche de tu lado? ¿Te hemos hartado, Teresa?, ¡Queremos apoyarte!
- No es que no las quiera, pero quiero encontrar alguien más.
-¿Para qué, te aburrimos?
- No es eso. -Y la razón pudo más, ellas pudieron más, clausuró sus pensamientos. Ha atravesado el estacionamiento con Enrique siguiéndole los pasos.
Ricardo no pudo romper las barreras que Teresa había puesto. Ella lo escuchaba con desgano, hasta con fastidio, escondiéndole su mundo, fuera de él y de todos. ¡Déjalo, es un tonto! Le decían, se decía mirándose al espejo.
Enrique la toma de la mano, le ayuda a subir al carro y cierra la portezuela, va hacia el lado del copiloto y se sienta a su lado; ella sigue pensando en el rostro de la madre, los ojos encendidos por el horror. ¡Nunca olvidará esos ojos!
- Deja que el tiempo lo arregle todo -decía Enrique y Teresa recorrió con la vista su cuerpo adelgazado, lo miró por el retrovisor y tragó silencio, ¿para qué verter nuevas palabras si ya estaba todo dicho? Ella mirará el futuro como una pluma que se eleva al aire. Enrique paseará con ella. Al fondo de la memoria quedará esa familia con la que creció por veinticuatro años. Estupefactos, confundidos por el efecto de las medicinas que Teresa les ha suministrado.
Fueron años de sentirse perseguida por el grillete social que su madre quería imponerle. No te conoce como cree; se fuerte y piensa: todo es un juego de ciegos, se guían unos a otros por intricados laberintos, le dijo Enrique al aparecer. Y era cierto.
Teresa habitando los recovecos de la inteligencia, las lecturas le han abierto el mundo. De niña la biblioteca cercana a casa, ya joven los encierros en el baño por la madrugada para descubrirse en las historias que le parasitaban el cerebro. Muchas veces detenía sus charlas con los suyos, que la entendían, si Annie o su madre entraban a su recámara.
- ¿Por qué te encierras? –Teresa sólo sonríe, no pueden saber qué se siente estar inundada de pensamientos.
Annie lo presentía. Algo le hacía sentir los temores continuos de su hermana. Sentía que la soledad de Teresa igual la iba consumiendo; se resistió a dejarse y quería que su hermana escapara de esa agonía. Pero no supo cómo acercarse. ¿Cómo hablar con alguien que siempre está a la defensiva?
- Cuéntame qué pasa.
- ¿De qué hablas? Averigua qué pasa contigo.
- Cada día estas más rara.
- Lo mismo digo.
- No sales. Este cuarto tiene un olor a...
- Nadie te pidió que entraras.
- Debes de salir con alguien...
- No necesito lo mismo que tú, entiéndelo de una buena vez.
Y pudo verlo, su madre, su hermana y Ricardo, eran presa de alguna de las enfermedades que sus revistas de ciencia señalaban. Enrique se lo había intentado hacer notar, pero ella no quería creerlo, ahora se ha convencido. Tiene que esconderse, buscar la forma de ayudarlas, pero antes tiene que protegerse de que ellos le hagan daño.
Su cuarto era territorio sagrado, ahí tenía todo lo que necesitaba, sus libros, las revistas de ciencia, y desde hace unos meses la voz y la presencia de Enrique.
- Habla tanto de él y no quiere que lo conozcamos. ¿Algún maestro? –discutían Annie y su madre, ella cerraba la puerta rápido para que no se dieran cuenta que las oía.
Enrique apareció el último año de la carrera. Fue mutuo el reconocimiento de las intenciones para la vida. El silencio puntiagudo. Su continuo pasearse en los jardines, la burla de los estudiantes. Mirada dura y ausente, labios apretados, en todo había reconocido Teresa un poco de su intimidad.
- Somos iguales.
- Odio que digas eso, es de lo que he huido siempre.
- Tu gemela no es como tú. Pero nosotros somos iguales.
No por casualidad Teresa escogió la especialidad de psiquiatría. Ha logrado darse cuenta a tiempo de los males que aquejan a su familia y a Ricardo; esa locura primigenia con el encierro podrá tratarse, y hay posibilidad que logren recuperarse, ha dicho el director del hospital. Como su ayudante, Teresa ha mostrado los avances de sus estudios, su dedicación con los enfermos le ha valido el reconocimiento y la confianza.
- Creo que nunca he platicado tanto.-le dijo Enrique al terminarse el café y quedaron de verse al día siguiente, y al siguiente. Se contaron las frustraciones mutuas, y Teresa se descubrió intoxicada: alguien, al fin, que podía enseñarle.
- ¿Y Ricardo? ¿Qué harás con él? -Que puede importar Ricardo, ese estúpido del mundo pop, tan fuera del sendero que se ha trazado. ¡Cállate, que te gustaba Ricardo! Claro que no. No hagas caso Tere, no sabe lo que dice.
- ¡Cállense todas! -Y desde entonces sólo fue Enrique
Ha sido fácil diagnosticar a los que la persiguen. En sus gestos y ademanes se palpa la posibilidad del trastorno de los sueños, la repetición de las formas verbales: amor al poder, a sobresalir, a destacar. Ansiedad que causa frustración. Las fallas anatómicas producto del mestizaje. Los continuos fracasos amorosos de su hermanita. El desencanto, la lujuria, la búsqueda del sexo fácil, esa paz efímera a través del arrepentimiento y la penitencia religiosa. ¡Tantos años lleva su madre disculpándose por todo, temiendo castigos después de la muerte! Todo le ha llevado a mirar con detenimiento y sorprenderse: ¡Tenías razón, Enrique!
Annie y los sobresaltos nocturnos, su madre y los continuos orgasmos que le brinda la masturbación. No se detienen, corren precipitadas. Se han vuelto conejillos de indias en los apuntes de Teresa. Ella y el orden establecido que le ha enseñado Enrique: tomar notas y ofrecer hipótesis. Sólo falta la comprobación de sus ideas.
Mientras coge con Enrique, frente a los espejos que ha dispuesto en la sala, reconoce que la lujuria y la decadencia son el grillete para las conciencias (¿para qué el arrepentimiento?): Annie y las voluntades animosas de su carne blanda, la madre mirando el atardecer de su vida que su cuerpo siempre quiso evitar, Ricardo en la necesidad de satisfacer pasiones. A Teresa el cuerpo etéreo de Enrique le basta.
Al mirarse la piel sudorosa, puede sentirse Annie por las similitudes, el rostro idéntico en el espejo, quizá alguna vez pruebe a emular sus gestos y salga a la calle a divertirse con los amigos de su hermanita. ¡Ni cuenta se darían! Quiere sentirse su propia madre en la agonía de las necesidades. Le queda disfrutar el miembro que la penetra. Quisiera penetrar una linda virgencita, sentirse un poco el pobre Ricardo.
Annie no alcanzó a decir palabra, los gemidos del orgasmo quedaron atrapados por la mordaza y las cuerdas que unieron su espalda y nuca a las de Ricardo. Las miradas cavilosas de Enrique resbalando por las paredes. Junto con Teresa los han sorprendido teniendo sexo. Luego vino el martillante juicio del ¿por qué lo haces? No hay respuesta, somníferos obligados, desatarlos y despertar en el siquiátrico.
La madre llegó histérica al hospital. Teresa la recibió en la oficina del director. Todo estaba preparado; el doctor ha confiado en su alumna, y sucedió tal como Teresa se lo había dicho: se pondrá histérica, estallará en la paranoia.
- Espero que no se afecte tu trabajo, quiero que te titules rápido. Has hecho bien. Hacen falta muchachas como tú, que tomen en serio la profesión. –le dice el director dejándola a cargo.
– Estarán bien. -ha dicho Enrique atrapando su cabello entre los dedos.
- ¡Qué importan! Sólo quiero terminar a tiempo la tesis.
Enrique y Teresa los cuidarán hasta que ella acabe el posgrado. Ella arquea las espaldas cuando le llegan al fondo. Aprieta las piernas sobre el torso de Enrique: yo te cuidaré, es la promesa. Teresa mira el espejo, se siente un poco Annie con su mismo corte de cabello. No alcanza a ver el vibrador pero lo siente completo en sus internos. Con una mano continúa masajeando su cuerpo, la otra hace entrar y salir el instrumento. Se mira lúcida y completamente sola, contorsionándose frente a la mujer del espejo. La voz de Enrique le dice cuánto la necesita y ella baja la otra mano a su vagina. Acá estoy. Sola. Para tí. Contesta poniendo los ojos en blanco.
servido por Adán
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6 Noviembre 2007
Desde temprano, Julio y Josué compiten por los favores de Raquelcita. Me aburren, no tienen otro tema desde que recogimos las redes de niebla. No estoy de acuerdo en sus argumentos para despreciar a Patricia, aunque la diferencia de carnes entre ambas sea notable. Cultivar a cada instante estos pensamientos resulta en extremo sexista: ¿cuál sería la reacción de ellas ante esta plática? ¿pensarán lo mismo de nosotros? ¿Como si las mujeres se dedicaran a platicar sobre el tamaño de nuestros miembros?
No es misterio el afán de su coquetería. Ahora mismo han ido al cenote a bañarse, seguras que ellos correrán a espiarlas; pero no ocultan su desnudez y la inmundicia se vuelve ajena, antigua; se tallan una a otra con lentitud, desafiantes, etéreas. En lo que a mi respecta, no siento interés por participar en competencias machistas ni en andar de espía. Desde que mi chava se largó con ese antropólogo de mierda, tres días después de casarnos, he pensado retirarme de este vicio o, por lo menos, llevármela tranquilo en lo que a parejas se refiere. ¡Qué importan dos chiquitas de veinte que aún no saben de la vida! Entiendo que su visión de lo ambiental (lo ecológico) sólo es moda. Para sentirse “in”, necesitan participar en proyectos que les permita dormir al aire libre, compartir pensamientos estériles de conservación sin otro sentido que el ligue, el destrampe. Acreditarse en la Greenpeace o en otra agencia conservacionista, presumir su activismo en las marchas contra la violencia, correr desnudas con los globalifóbicos gritando consignas que, la mayoría de las veces, ni siquiera entienden, pero “qué divertido es, sobre todo si es en la Riviera Maya”, y al concluir los estudios, casarse con un abogado o un contador que gane buena plata, no ejercer su profesión, y poder contratar niñeras que cuiden sus chamacos; pasear en sus Windstar por las avenidas, estrenar vestidos de marca todos los domingos, y viajar a Disney en verano. Cuántas compañeras de salón no acabaron así... y... no viven al día... como... ¿?.. yo...
—De eso se trata —rezongó Julio— aprovecharlas cuando están dispuestitas y calientes, las muy perras. Si no te la coges hoy, otro se la cogerá mañana.
— ¡Benditas sean las ideas conservacionistas de las mujeres! Ojalá todas sigan su ejemplo. No las queremos para escribir un tratado de ecología. ¿O sí?... Que sepan mover el trasero es suficiente —Josué hizo una pausa— el que pierda, se queda con Patricia —volvían las apuestas.
— Ni está tan flaca la Paty, no chinguen —intervine—, considero un hecho, que a las flacas: ¡no te las acabas! Y mi vieja era flaca, sé de lo que hablo. Son impresionantes, im-pre-sio-nan-tes...— cometí la estupidez de seguirles el juego.
— Pero te dejó, maestro. Nunca pudiste “acabártela”— Julio golpeó a Josué con el codo en busca de aprobación: — No lograbas complacerla. ¿Tienes mi teléfono, no?— los labios de Julio eran un sarcasmo retorciéndose; un escupitajo de hombría despilfarrando hormonas— cuando vuelva a pasarte, háblame..., o mejor.., dile que me hable...— y soltaron una risa burlona que sigue en los oídos como taladro de recuerdos.
— ¡Chinguen a su madre!
En Crucero Tabi, compraré las cervezas y una marqueta de hielo.
Son las cinco de la tarde. En la iglesia llaman a misa. Los habitantes se apretan en la entrada del templo con sus ropas de colores grises. Cargan flores y velas apagadas, y han vestido a sus hijos con ropas nuevas. Las mujeres mayores se cubren la cabeza con sus rebozos. Un murmullo de cantos alarga las caras. Pasan a mi lado y me ven sobre el hombro, cómo si tuviera la culpa de la miseria que comparten, cómo si el misticismo de sus creencias tuviera que despertar algún tipo de entusiasmo y me pudiera mover la vena, el sentimiento. Este juego con la muerte que heredamos, este no cesar de invocarla a cada instante, cómo si la muerte, los espíritus y el tan temido dios pudieran detener el espanto de las guerras, el avance de las plagas y la hambruna, el desempleo constante. Tanto despilfarre en estos ritos. Tengo la ropa sucia, el pelo desarreglado, y no debo oler nada bien; estoy acá, en este sitio, a un costado de la selva, por la dedicación al trabajo, a la investigación y los monitoreos, no por quedarme a rezarle a dioses que ni tenemos la certeza que nos escuchen ¿acaso mi esfuerzo les interesa a éstos pelmazos?
Hago contraste con el entorno cargado de olor a incienso. Soy lo contrario a sus rituales. Pero, aunque no me conmueven, no me la paso gritando: ¡bendito dios, soy ateo! Ni pretextando nada, cómo lo hacía mi ex: le pedí y le pedí que sanara a mi hermana y nunca se cumplió, por eso ya no creo. Que los muertos entierren a sus muertos, ¿dónde escuché esta idea?
— ¿Acaso no sabe que hoy se celebra a los difuntos?— aclaró el encargado de la agencia de cervezas cuando le cuestioné sobre tanto movimiento en el poblado. – ¡Que se diviertan!, cada quien con sus creencias, porque hay de fiestas a fiestas, y nosotros tendremos la propia, concluí.
Regreso a la estación de campo, en la Reserva de Tabi, mientras los murmullos del poblado se disuelven en la vegetación. Hay una mujer recogiendo flores a la orilla del camino. La camioneta se sacude haciendo que la nevera caiga del asiento. Freno. En el retrovisor otra figura femenina observa. Desciendo del vehículo. Cruza una parvada de alas cafés y ya no veo a la mujer que tenía atrás. Me trepo de nuevo a la camioneta, levanto la nevera, cierro la portezuela y pongo en marcha el motor...
— ¿Ustedes han estado capturando aves?— la mujer que recogía flores habla junto a la ventanilla. Contesto que hemos terminado. Me regala una de las florecitas de tajonal que recogió, y se despide con cierta amabilidad. Avanzo con lentitud por la vereda y la miro caminar, detenerse a ver las flores del camino, arrancarlas, olfatearlas. Vuelve a pasar la misma parvada, en silencio —migratorias..., estoy seguro, por eso vuelan en silencio.
Apenas llego al campamento, todos agarran su chela para liberarse del calor que aprieta. Enciendo la fogata. Josué mató una boa que se había introducido en la letrina. Asada es deliciosa, así que la preparo. Servirá de botana. Cae la noche.
Las dos mujeres del camino secuestran un instante el pensamiento. Enciendo un cigarrillo y miro a los compañeros. Qué alegres me parecen, qué estúpidos. Tal vez a su edad veía las cosas de la misma forma. He envejecido, no cabe duda. La claridad se arrastra fuera de la estación de campo, lejos de las cabañas, sólo la fogata ilumina. Sostengo la flor en la mano, pienso en la mujer que desapareció después de darme la flor, en las aves, en el día de muertos, en la flor que sostengo en la mano, en mi ex esposa limpiándome la casa al abandonarme. Y la flor crece, disminuye, crece, se agita... cierro la mano y se deshacen sus colores, son polvo amarillo-blanco.
Se que esos cabrones hablan de mí, creen que no sé que me observan, que se burlan. Pinche Julio ya le agarro la mano a Raquel. Y el otro empieza a conformarse con Patricia, ¿no que era un hueso? Niñas tontas. Estúpidos vagos. Sólo a esto vienen: “tienes un conocimiento inmenso de las aves”. No mamen, que importancia tiene lo que digan. ¡Estoy quebrado! No me alcanza ni para la renta. De que me han servido tantos estudios. Como a ellas las mantiene papi. Después de todo tiene razón Julio, no sirven más que para coger. Que les aproveche. Es mejor estar solo, sin que estén jodiendo todo el tiempo con los “¿me quieres?” y toda esa cursilería. Si se fue, que le vaya bien, no necesito que vuelva, ¿cómo si el amor tuviera segundas partes? ¡Qué chingados..! Estoy bajo la noche, me pagan por disfrutar esto, este cielo, este aroma.... ¡Qué importa lo demás!
Ya casi las tienen, en cualquier momento comenzarán a buscar lejanías. A través del humo sus siluetas distorsionadas crecen ondulantes. La carne de boa asándose en las brasas acrecienta el asco. (Me quemé los labios con el cigarrillo). El suelo se mueve como si abriera las fauces para tragarme. Causa risa perder el equilibrio, sentir el vértigo. Tengo sed. Sentado en ésta roca el humo de la fogata no alcanza los ojos. Los árboles petrifican la noche, se miran más altos, enormes. El calor de las llamas y el frío de la noche coinciden en el cuerpo. Brota de la piel un huracán que mece las ramas y las fricciona; sonidos que semejan serpientes en apareo. Voy a vomitar.
A través de la maraña de árboles llegan cinco niños tomados de la mano. En fila rodean la fogata, giran alrededor, cantan. Trato de entender, pero no logro hilar el significado de las estrofas: la música de la grabadora, y los gritos de los compañeros mientras hablan, me lo impide. Estoy ebrio, estoy ebrio, estoy ebrio, golpeaba el pecho para expulsar la culpa, aquellos días cuando me mantenía remojado en alcohol, como una bolsita de té instantáneo; he controlado la bebida, y puedo pasármela, así como hoy, observando cómo los demás se emborrachan, pero mi voluntad es un recuerdo incómodo, ese trébol de la espalda, esas miradas de los niños, ese alucinante cantar sin detenerse. Vomito detrás de un chaká. Me ha hecho mal la carne de la serpiente, estoy mareado. Una mancha azul, brillante, intensa, escurre en el suelo. Los críos corren alrededor de la candela, riendo. Los compañeros siguen platicando, fuera de foco, beben su cerveza muy despacio. Patricia voltea a verme, soy un lindo espectáculo; tengo ganas de orinar. Y estos pinches niños giran tomados de la mano alrededor de la fogata. Mis compañeros se percatan de su presencia; voltean a verme, y consigo extender la mano señalándolos, encogiéndome de hombros. Se acercan a la fogata, ocupan su lugar alrededor de la crecida flama y la danza de los niños se detiene.
Una niña camina hacia el fuego, da media vuelta, queda frente a mí; las llamas le lamen el vestido, crece su rostro en la hoguera. Continúo recargado en el árbol donde oriné, trato de no perder detalle del espectáculo, intento no caerme.
Paty me busca, pero el fuste del árbol y la oscuridad me alejan de su vista.
— En este lugar no se debe cazar sin pedir permiso al Señor del Monte. Aquel que lo hiciere, llegará el día que despierte y sus piernas no responderán— la niña regresa a su lugar. Impulsa de nuevo la danza. Dos vueltas completas y otro niño toma la palabra: —Están marcadas las espinas de la ceiba con su nombre— cierra los ojos y esconde el rostro indio sobre el pecho luminoso; —aquel que se bañe desnudo en el cenote será maldito. No podrá tener hijos— traga aire y grita: — hace algunos años, unos cazadores ahogaron a la niña de mi vida, en aquel cenote..., — convulsiona junto a la fogata, su voz es un hilo de amargura, el viento revuelve su cabellos, se levantan las cenizas y las brazas, remolinos de polvo y el estruendo de las ramas de los árboles en el balanceo.
Un grito sacude las espaldas, proviene de la dirección en que se encuentra el cenote. Las sonrisas desaparecen de los rostros de mis compañeros. Los niños giran su danza. El rostro alterado de Patricia es hermoso. ¿Realmente se escuchó ese grito? Josué sigue bebiendo. Julio fuma sin importar quemarse los dedos. Me contagia las ganas de encender otro cigarro. A ver si queda uno.., aunque sea uno... la inmensidad del cielo regala sus estrellas. Paty viene hacia mí, y la ronda vuelve a detenerse. Otro niño despega los labios:
—El viento escapa del poblado, los sonidos de la muerte se acercan— vuelven a girar. Julio se levanta y grita desde su lugar: —-¿Hey, cabrón, de qué se trata?, ¿intentas asustarnos?— Josué bebe su cerveza con los ojos colgados del movimiento de la lumbre. Paty se detiene a mi lado, le tomo la mano que hierve. Raquel se abraza las piernas y recarga su quijada en las rodillas, iluminada por el fuego puedo apreciar en su rostro el contraste de la noche. ¡Es hermosa! Si el pinche Julio se la lleva a la cama, será mi maldito héroe. Su belleza es la civilización que corre estrepitosa, la verdad del nuevo siglo, ¿y este abandono de pobreza?, ya nada encaja en este viaje al interior del estado, ella no encaja en esta profesión, en el vulgar recorrido de comunidades heridas por el abandono. No encajan estos niños de rostros indios con la piel tan blanca. No encaja el frío aumentando. Ni el comenzar a sentirme intranquilo que crece a cada instante.
Raquel estira las manos hacia las flamas, y comienza a murmurar el canto de los niños. Estos se detienen y otra niña habla jalándose los cabellos: —La noche se marchita, la luz extingue. Es hora de tristezas, de lamentos, ¡cuiden a sus niños, cierren las casas, no los dejen ir al monte por la noche!— el grito atrás de mí, vuelve, esta vez más cerca. Camino hacia donde creo que proviene. Pero la oscuridad es mucha y poco mi valor. Sólo veo ramas enmarañadas. Josué ingresa en la danza de los niños alrededor de la fogata, levanta las piernas hasta las rodillas, gira sobre su eje, aplaude, ríe sin soltar el envase de su chela.
— El niño mas grande tiene los ojos cerrados— le digo a Patricia mientras la abrazo. Ella toma el cigarrillo de mis dedos, le da una chupada sin dejar de mirar la ronda. Julio grita algo desde su lugar, pero no pongo atención, mis dientes se encajan en el cuello de Patricia, que echa atrás la mano derecha, jala mi cabeza para obligarme a seguir mordiendo. Josué sigue mirando el subir y bajar de las llamas, y con pequeños brincos las imita. Raquel tiene los ojos cerrados, mueve el cuerpo adelante y atrás, mientras gira la cabeza murmurando la melodía. Sigo con la vista al mayor, su piel es de un blanco brilloso.
La figura de una lechuza atraviesa el humo. Es una sombra blanca deslizándose. Con su aleteo aviva las llamas, nos atrapa su hermoso plumaje. Se posa en una rama seca del chaká, por encima de mi cabeza. Sus grandes ojos penetran la pupila. El silencio se hace presente, con su garra enorme. Se detienen los murmullos, los cantos ceden. Los niños abandonan el baile, sus ojos opacos se unen al asombro de los biólogos, y posamos la mirada en el graznido del ave inmensa. Nos observa con sus redondos ojos anaranjados. Y éste graznido sigue creciendo. Raquel dice entusiasmada:
— ¿Es una Tyto alba?— sin voltear a verla muevo la cabeza en negativa; jamás he visto una lechuza de ese tamaño. Josué que no deja de mover las piernas, dando brinquitos, dice: — ¡Valió la pena el viaje!— y ataca su cerveza hasta el fondo. El cielo se ha nublado, las nubes tienen coloración rojiza, seguramente por las quemas en los terrenos cercanos... pero... estamos en noviembre.
El más alto de los niños se da vuelta para quedar frente a nosotros. Dice imperativamente, mientras sus ojos grises inquietan: — ¡A callar!... les diré que anuncia la presencia de esa ave... —extiende las manos sobre las llamas, su voz de seca autoridad, hace dudar en la fisonomía infantil que tiene su cuerpo. Se agacha para recoger un madero encendido, lo acerca a sus labios, sopla... Queda el brillo rojizo de la brasa. Me clava la mirada y, mientras camina hacia donde me encuentro, eleva el volumen de su voz. Su voz es grave... grave... gutural..:
— ¡En cada pueblo, las brujas enredan en la lengua los pecados de los habitantes. Cuando cae la noche, huyen hacia el monte a levantar una fogata. Beben licores amargos. Rompen sus ropas. Bailan. Y en el éxtasis se abren las venas, mientras su sangre gotea... —ya no esta sola la lechuza en las ramas del chaká, cientos de aves se han reunido en los ramajes: tordos, chipes, tángaras, cuervos, todas observan, observan inmóviles, silentes. Cada uno de los niños sostiene la mano de uno de mis compañeros, —... nadie del poblado debe salir al monte, en noches como ésta, porque la bestia ocupa los rincones, penetra los árboles, anida en las aguas, se arrastra por las hierbas y crece su sombra en la espalda de borrachos que deambulan la noche del día de muertos!— al decir la última frase, acerca su rostro al mío. Finaliza en un susurro: —¡Dicen que escuchar su canto es signo de enfermedad y muerte!—, posa su mano sobre la brasa, abre al máximo los ojos, y en ellos miro mi rostro, y mis días de niño, aquella vez cuando levanté un pájaro de la carretera y lo intenté curar, había muerto, y yo pesqué una infección que me tuvo en cama dos días ardiendo en fiebre.
Mi rostro entristecido, creciendo dentro las pupilas del más grande de los niños; lo empujo para alejarlo, y mis manos atravesaron su cuerpo que se ha vuelto humo. La nube de pájaros detrás de mí se descuelga. Patricia suelta las manos de la niña que está junto a ella y se abraza a mi cuerpo, llegan las aves y la arrancan de mis brazos. Detrás de la fogata crecen las siluetas de las mujeres del camino, crecen con la oscuridad; se escucha el movimiento de las ramas, y las hierbas como si los animales estuvieran huyendo o acercándose. Me pica la palma de la mano, el polvo amarillo-blanco recupera su forma de flor, y miro el rostro de la mujer del tajonal que ríe a carcajadas detrás de las sombras que proyecta la fogata. Quema la piel de la mano. Se oye el graznido de las aves enfurecidas que descienden hacia los cuerpos de los compañeros. Patricia grita ya sin ojos, intenta mantenerse de pie y huir. El cuerpo de los niños se transforma en remolino de luz, intensa luz que ciega. No puedo ver... humo..., humo..., humo, correrías y gritos por todas partes...
servido por Adán
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